Las ideas de Jesús sobre los milagros: ¿realmente existen? ¿puedo yo hacer uno?

26 mayo, 2019

Por Eddy Montilla

Jesus

Una de las malas características que anidan en la personalidad humana es la desconfianza. Desconfiamos del que está sentado a nuestro lado en un autobús, del que viene caminando en frente de nosotros en la noche, de la novia o esposa que salió con un amigo, en resumen, desconfiamos de todo y de casi todos. Y es precisamente nuestra desconfianza la única razón por la cual Jesús tuvo que acompañar frecuentemente su mensaje con milagros. Si no fuésemos tan porfiados e incrédulos, él no habría tenido necesidad de cambiar el agua en vino en una boda (su primer milagro), hacer que ciegos vean (el ciego en Betsaida…), sordos oigan o llegar a los límites de lo imposible: resucitar a muertos (Lázaro, la hija de Jairo). Jesús hizo muchos milagros para confirmar quién era y les dio a sus más allegados, sus discípulos, el poder de hacer también algún que otro milagro, con ciertas restricciones a veces, tal vez para evitar así los problemas que nacen del abuso del poder, pues recuerden lo que Jacobo (Santiago) y Juan querían hacer con ese pueblo que no recibió a Jesús: ¡mandar que descienda fuego del cielo para consumirlos!

En la actualidad, parece no haber rastros de esos milagros espectaculares del tiempo de Jesús hasta un punto que la gente cuestiona si hoy realmente estos existen y si es posible hacer uno. La respuesta es sí, existen, pero no en la forma como la mayoría de la gente los imagina. En cuanto a milagros se refiere, las ideas de las personas están divididas fundamentalmente en dos grandes grupos: el primer grupo dice que “el milagro” es algo que nace de las propias manos de la gente y el segundo dice que viene directamente de Dios. En los países no católicos o en aquellos países católicos económicamente muy desarrollados donde la fe es tan escasa como el agua en el desierto, prima la primera idea. En cambio, en los países católicos más creyentes, pero más pobres, abunda la segunda idea. En ambos casos, sin embargo, la respuesta parece ser la misma: ninguno de los dos bandos termina bien. Piense, por ejemplo, en la enorme cantidad de personas que se suicidan cada año en Corea del Sur, Japón, Alemania, Francia y otros países considerados como muy “pragmáticos” (primer grupo) donde rápidamente se pone al descubierto en la vida de sus habitantes un gran vacío espiritual, pérdida del camino correcto y terminan explotando igual que una olla de presión mal cerrada. Y en los países latinoamericanos (segundo grupo), muchas personas piden a Dios un milagro, se sientan a esperarlo y se mueren esperándolo.

Antes de Jesús hacer un milagro, siempre le preguntaba a la persona que se lo pedía si creía que él podía hacerlo. A veces, daba la impresión (irrespetuosamente hablando) de que Jesús no podía hacer nada si la otra persona no mostraba fe en ello. En realidad, Jesús no les daba las cosas gratuitamente a las personas, sino que les pedía hacer un esfuerzo, en este caso, fe. Ahí tenemos la respuesta: los milagros existen, y son el resultado de nuestra fe en Dios para pedirlo y nuestro trabajo para que se conviertan en realidad. En consecuencia, nosotros también podemos hacerlos.

Cuando usted mira los milagros a partir de la explicación anterior y piensa en las veces que ha combinado su fe con su trabajo para hacerlos realidad, confirmará que usted ciertamente ha hecho milagros en variados tamaños: pequeños, medianos y hasta grandes. Y cuando a pesar de combinar su fe con el trabajo, no consigue el milagro deseado, la razón es porque lo que usted desea no es lo más justo, es un mero acto de egoísmo o simplemente no son los planes de Dios para usted (la parte más difícil de entender para el ser humano). He visto a muchas personas perder “su condicionada fe” al no conseguir lo deseado después de pedirle a Dios “un milagro”, por ejemplo, ese trabajo que tanto deseaban. Pero, ¿hasta qué punto entraría Dios en ese tipo de conflictos en donde al favorecer a usted, desfavorecería a otros que buscan la misma posición? En muchos casos, el milagro no viene sencillamente porque lo que pedimos es incongruente con la filosofía que nos dejó Jesús. Por tanto, sería mejor pedir, pero usando la forma que él mismo usó: “Padre, si es posible XXXX, pero que no se haga como yo quiera, sino tu voluntad”. Mirando el alto grado de indiferencia y el bajo grado de moralidad de la gente, es obvio que el mundo necesita hoy en día más milagros que nunca. Ya usted sabe cómo lograr algunos (fe en Dios y su trabajo), entonces, vaya por ellos para el bien suyo, de su familia y de todos los demás, sean amigos, desconocidos o enemigos.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo y Opinión.

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República Dominicana: la sequía y sus primeros partos de un dolor sin prevención

18 abril, 2019

Por Eddy Montilla

La sequía que afecta a nuestro país ha llegado a niveles de estragos que no se habían visto en décadas. Cual si fuera uno de esos panoramas típicos de tierra seca y animales muertos que solo conocíamos por fotos en la prensa o imágenes en la televisión reflejando un problema distante en algún país africano, hoy, esos panoramas son realidades nuestras en las regiones sur, suroeste y noroeste que amenazan a miles de personas y la economía del país. Ríos sin agua, ganado vacuno que, en vez de pacer, camina hacia la muerte y un verdor que también muere día tras día cediendo su paso a un ambiente seco y desolador son las secuelas de esta sequía, Crónica de una muerte anunciada, pues desde hace ya varios años, personas entendidas en la materia han venido alertando sobre este problema.

La sequía es uno de los males que nos trae el cambio climático, una caja de Pandora que todavía no se ha abierto por completo. El cambio climático implica un aumento de la temperatura media mundial, algo que no debería llegar a los dos grados centígrados, pues produciría efectos negativos en los ecosistemas del mundo: sequías prolongadas, tormentas de nieve, aumento del nivel del agua, temperaturas bajas en regiones templadas y otras locuras. Por una de esas inexplicables paradojas de la vida, son los países ricos los que producen la mayor emisión de dióxido de carbono y, sin embargo, somos nosotros, los países pobres en África, Asia y Latinoamérica, los más afectados.

Estudios científicos hechos en el país sobre la variación del clima nacional ya pronosticaban sequías intensas para el año 2020. Lo malo de todo esto no es que dicho pronóstico empezara más temprano, sino que la extensión de los periodos largos sin agua irán cada vez más en aumento, así como también las olas de calor anuales durante un tiempo que podría contarse por décadas. Hemos sido advertidos, pero… ¿qué hemos hecho para prevenirnos?

La sequía actual no es una fiebre pasajera, sino que dejará en muchos su marca casi indeleble. Somos un país agrícola y ¿qué es un país agrícola sin agua? En muchos países africanos, las personas tienen que caminar kilómetros para buscar ese necesario líquido y en muchos lugares en la India, la gente está forzada a aprender a vivir con un cubo de agua al día. Es cierto que en estos momentos estamos lejos de esos niveles, pero tomando en cuenta que es ahora cuando empezamos a sentir los efectos del cambio climático, nadie ni nada puede asegurar que en treinta o cuarenta años no estaremos en similar situación.

Es, tal vez, por ese mismo hecho de haber tenido hasta ahora un clima privilegiado que la gente tiende a tomar en broma casi todo, incluyendo los problemas. Por relatos de personas que han visto y vivido sequías en sus países de orígenes, les aseguro que una severa y prolongada sequía no es un juego entre el Licey y el Escogido. Hay, pues, que empezar a prepararse en serio y encarar el problema con soluciones efectivas. Llevar un camión cisterna a los lugares más afectados palea el problema, pero no lo resuelve y decirles a los agricultores que no siembren por no poderles garantizar el agua para el regadío es como regalarle un féretro a un enfermo para indicarle cuán mal está su salud.

Empecemos por eliminar el desperdicio de agua. En cualquier lugar del país, es casi imposible terminar de recorrer una calle sin encontrarse con varias casas en donde se esté escapando agua de un grifo. Lo mismo sucede con las fugas por averías en las tuberías, el talón de Aquiles de la CAASD y otros departamentos gubernamentales competentes a nivel nacional. Y como somos un pueblo de dura cerviz, habrá que aumentar las campañas de educación sobre el uso racionalizado del agua. Plantas desalinizadoras para convertir el agua del mar en agua potable es una opción viable, pues ya hay en países como Chile, aun cuando se utilicen allí por razones de minería. Para el año 2025, se prevé que unos 1800 millones de personas vivirán en condiciones de grave escasez de agua, según Naciones Unidas. Preparémonos ahora, que tenemos tiempo, para no convertirnos mañana en una pequeña África seca.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Hablemos de cine: Green Book (2018) es una estrella para contemplarla

17 abril, 2019

Por Eddy Montilla

Calificación: 8.3/10

Director: Peter Farrelly

Guión: Nick Vallelonga, Peter Farrelly y Brian Currie

Título original: Green Book (2018) (inglés)

Género: drama, comedia

MPAA: PG-13 (Algún material podría ser inapropiado para menores de 13 años. Se recomienda a los padres tener precaución.)

Reparto principal: Viggo Mortensen (como Tony Lip), Mahershala Ali (como Dr. Donald Shirley) y Linda Cardellini (como Dolores)

Duración: 130 minutos

“Una amistad como esa entre un blanco y un negro en plena crisis racial en Estados Unidos es improbable”, “Algunos datos de Donald Shirley en relación con la forma de vida de las personas de color negro no son muy exactos” son algunos de los comentarios que hemos escuchado sobre Green Book (2018) para traer penumbra al filme y, sin embargo, la película sigue iluminando como una estrella. Green Book (2018) es mucho más que la historia de un genio pianista negro norteamericano y un conductor italiano-americano. Estamos hablando de alguien (negro) decidido a enfrentar el racismo usando las teclas de su piano y de otra persona (blanca) que llega a entender lo que sufren las personas de raza negra y termina uniéndose a su causa. Este filme es casi perfecto en términos de combinación de dramatismo, humor y algunas que otras pinceladas de acción.

Peter Farrelly es muy conocido por la realización de comedias junto a su hermano: Dos tontos muy tontos (en España) o Una pareja de idiotas (en Hispanoamérica) 1994 y Algo pasa con Mary (en España) o Loco por Mary (en Hispanoamérica) 1998. Esta vez, sin embargo, lo que nos trae es un balance que raya en la grandeza. En Green Book (2018), usted ríe y vuelve a reír con las ocurrencias de Tony (Viggo Mortensen), especialmente cuando escribe las cartas a su mujer, Dolores (Linda Cardellini). En Green Book, a usted se le hace un nudo en la garganta por la impotencia y sufrimiento en carne propia de Donald Shirley (Mahershala Ali) con los golpes que recibe y el maquillaje para ocultarlos.

Pero cualquier director o guionista diestro puede llegar hasta aquí. Son en realidad los pequeños detalles detrás de las escenas generales (el contraste abrupto de personalidad entre la refinada cultura del doctor Donald Shirley y la tosca, pero alegre forma de vivir de Tony) los que convierten a Green Book (2018) en una joya. Observen, por ejemplo, la cara, la ropa y, sobre todo, la posición en la que están cada uno de los trabajadores negros en el campo, a diferencia de la mirada y vestimenta de Shirley.

Pienso que tal vez lo más bello de este filme es la forma como se van concatenando todos y cada uno de los sucesos. Así, cuando uno escucha la conversación entre ambos “amigos” sobre el clásico vaso de whisky que aparece encima del piano de un pianista negro y lo que uno ve casi al final de la película, nos damos cuenta inmediatamente de que el éxito de Green Book y su premio como mejor película en los Óscar no es un fruto del azar, sino que el filme fue hecho como si fuese una obra de arte de un experto, algo así como un hermoso chal que sale de las manos de una bella abuela tejido magistralmente a crochet.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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México: ¿deberían España y el papa pedir perdón a México por la Conquista? No

15 abril, 2019

Por Eddy Montilla

Cuando uno ve la actitud de ciertos presidentes latinoamericanos, no resulta difícil entender por qué nuestra región ha vivido tan largo tiempo entre sombra y penumbra con apenas algunos rayos de sol. El presidente mexicano Andrés López Obrador ha causado cierto revuelo con sus cartas al rey de España y al papa “exigiendo” perdón por los agravios durante los tiempos de la Conquista española. Dándole el beneficio de la duda, la idea del presidente Obrador podría tener, tal vez, las mejores intenciones, pero la forma que usó refleja simplemente cierta ignorancia histórica y, sobre todo, poco tacto político.

Cualquier estudiante que haya tenido un buen profesor de historia y haya prestado atención a sus explicaciones sabe que lo sucedido en el pasado no puede ser juzgado rigurosamente con los ojos reflexivos de nuestro tiempo contemporáneo. Esto es así porque la sociedad necesita tiempo para llegar a la madurez, no solo a nivel tecnológico, sino también a nivel social. Por esa razón, no empezamos desde un mismo primer momento con un avión, sino con el invento de la rueda. Hace solo 150 años o menos, en las sociedades occidentales era común para un hombre tener una esposa en una casa y una querida en otra. Un hombre con dos familias cuyas mujeres no se hablaban la una a la otra, pero cuyos hijos se conocían y se relacionaban. Hoy, eso resulta condenable. Si eso pasó hace solo 150 años, ¿cómo pretende el presidente Obrador juzgar como abominables acciones que sucedieron hace más de medio milenio?

Yo particularmente pienso que no se puede obligar ni al rey de España ni al papa ni a nadie a decir perdón por la muerte de los indígenas ni por nada. El perdón no es algo que se exige, presidente Obrador, sino que es algo que debe emanar de la conciencia misma de la persona que ofendió. Si aún después de eso, el presidente Obrador sigue en su obcecación, habría que indicarle que en el peor de los casos, el perdón debería ser para República Dominicana donde realmente los indígenas fueron en gran parte exterminados, a diferencia de México y de los países de América del Sur donde todavía hay numerosos pueblos indígenas.

Es cierto que España explotó sus colonias durante un periodo en el cual la explotación era considerado como algo natural (también lo hicieron Italia, Francia, Portugal e Inglaterra), pero no es menos cierto que el gobierno español ha cooperado también por décadas con los países latinoamericanos y cientos de miles de latinos viven hoy en España desde donde envían remesas a sus familias. No estoy defendiendo España ni lo que hizo en el pasado, simplemente pienso que debemos ser más justos al tratar este tema.

Y si de perdón hubiera tanta necesidad de reclamación, en México, son los presidentes mexicanos de estas últimas décadas los que deberían pedir perdón a los mexicanos por la violencia rampante y fuera de control que azota a ese país. La gente no puede salir a la calle de noche por temor a ser asaltado o asesinado. En una simple fiesta de cumpleaños, los sicarios matan hasta por placer. Son los presidentes mexicanos los que deben pedir perdón por su incapacidad para sacar de la pobreza a millones de mexicanos que toman el camino del éxodo hacia Estados Unidos quedando los huesos de muchos en el desierto.

El presidente Obrador parece no entender que la política y la religión han ido tradicionalmente agarrados de la mano. Entrar en polémica con el papa no resulta una actitud sabia, sobre todo, en México, un país fervorosamente católico. Sería mejor para el presidente Obrador dedicara su tiempo y energía a solucionar los problemas de México, que son muchos, y no tocar esa tecla (polémicas con la Iglesia católica) no vaya ser que sus días como gobernante se conviertan en una verdadera pesadilla.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Foto: cortesía de Bradley Weber bajo los criterios de Creative Commons (Flickr, 16-4-2019).


FRANCIA: el error del presidente Macron y su último chance

3 abril, 2019

Por Eddy Montilla

Cuando Emmanuel Macron se convirtió en presidente de Francia en el año 2017, muchos franceses empezaron a respirar, más que aire fresco, cierto “aire de esperanza”, pues los dos últimos mandatarios de ese país, François Hollande y Nicolas Sarkozy solo dejaron al descubierto su glamour en sus relaciones personales, relaciones que, dicho sea de paso, a nadie le importaba, pero en lo más importante (materia de gobierno) se dedicaron simplemente a bailar un vals con la mediocridad. Macron no parece pertenecer a ese grupo, pues desde lo personal (no muchas personas se casan con su profesora de instituto y 24 años mayor) hasta su formación académica y política (el líder más joven de Francia desde Napoleón), Macron es realmente distinto. Por esa razón, su elección fue para muchos como una especie de gran oportunidad para tomar un buen chateau o bourdeaux por la esperanza que este brindaba de sacar a Francia de su estancamiento político y económico. Dos años después, Francia sigue en el mismo hoyo y Macron ha dejado de brillar con luz propia por su error.

Después de la decisión del presidente Macron de aumentar el precio del diésel y de algunos impuestos, Macron cometió el gran error de echar para atrás con dichas medidas luego de la presión basada en la violencia de los “chalecos amarillos”. En política, un presidente jamás cede ante las presiones de un determinado grupo porque si lo hace, desde ese momento queda a merced de este al mostrar su punto débil. En consecuencia, le será difícil tomar medidas similares por la posibilidad de acciones similares. Lo correcto era buscar medidas compensatorias o, en el peor de los casos, “paliativas”, pero nunca ceder.

Afortunadamente para él, un grupo acéfalo y violento encuentra adeptos por un tiempo, pero termina muriendo más tarde que temprano. En los resultados de recientes encuestas, parece que el pueblo francés le ha dado una nueva oportunidad a su presidente, juzgando por el mejoramiento del nivel de su popularidad y el resquebrajamiento de “los chalecos amarillos”. Si esto es correcto, el presidente Macron tendrá en lo sucesivo que mover las piezas del ajedrez político en Francia con más certeza y, sobre todo, con más firmeza, pues no creo que tenga la suerte de recibir otra oportunidad más.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Foto: cortesía de LEWEB bajo los criterios de Creative Commons (Flickr, 4-4-2019).


Hablemos de cine: La favorita (2018) no es una de mis favoritas

2 abril, 2019

Por Eddy Montilla

Calificación: 6.5/10

Director: Yorgos Lanthimos

Guión: Deborah Davis, Tony McNamara

Título original: The Favourite (2018) (inglés)

Género: drama

MPAA: R (Menores de 17 años deben ir acompañados de sus padres o algún tutor. Contiene material para adultos.)

Reparto principal: Olivia Colman (como la reina Anne), Emma Stone (como Abigail Masham) y Rachel Weisz (como Lady Sarah)

Duración: 120 minutos

La favorita (2018) es una especie de amor no correspondido, algo así como lo que pudo ser y no fue a pesar de sus 10 nominaciones a los Premios Óscar. La siguiente anécdota les ayudará a entender más claramente lo que les quiero decir. En una de mis clases de redacción, cuando era estudiante, una chica le presentó al profesor (N. G.) su asignación sobre la mortalidad infantil, un trabajo atiborrado de datos, como queriendo decir: “Con esto, he hecho sin duda una obra maestra de investigación”. El profesor miró rápidamente los datos, buscó la cantidad de niños que morían anualmente, la dividió entre 12, luego entre 30, entre 24 y luego entre 60 hasta calcular cuántos niños morían por minuto. Finalmente nos dijo: “Si se pierde la esencia, se pierde casi todo. Esta es la verdadera noticia y sobre este punto debe girar toda la redacción”.

En La favorita (2018) sucedió realmente lo mismo en cuanto a la trama, y créanme que no les tomará a ninguno de ustedes más de 10 minutos para ver cómo casi todo gira fundamentalmente en torno a la rivalidad entre Lady Sarah (Rachel Weisz) y Abigail Masham (Emma Stone) por la conquista de poder y del favoritismo de la reina Anne. Abigail llegó después que Lady Sarah al mundo del poder, pero aprendió más rápidamente (noten las diferentes escenas cuando ambas mujeres están disparando a las aves por diversión). Con sucia y gran astucia, ella fue gradualmente opacando a Lady Sarah hasta relegarla al olvido y convertirse en la favorita de la reina aunque eso implicara tener que satisfacer la conducta lesbiana de su majestad.

Como guionistas, Deborah Davis y Tony McNamara presentaron un trabajo original y bueno. El vestuario de la película fue excelente, lo mismo que su ambientación. Y es aquí cuando entra la idea de “lo que pudo ser y no fue” de nuestro primer párrafo. Da miedo imaginar cuán grande pudo haber sido este filme si hubiesen encontrado la verdadera esencia de la historia y esa esencia es cómo pudo la reina (Anne) de Gran Bretaña e Irlanda y última de la monarquía Stuart gobernar un lugar tan grande a pesar de sus muy conocidas limitaciones intelectuales y su estado crónico de salud. Y, sobre todo, ¿cuántas mujeres ustedes conocen haber estado embarazadas 18 veces en menos de 17 años (entre 1683 y 1700) y terminar, sin embargo, sin ningún hijo vivo por largo tiempo? Esa era, pues, la verdadera trama de la película, la mina de oro sobre la que todos caminaron sin darse cuenta de su existencia.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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República Dominicana: el crecimiento económico invisible del país

26 marzo, 2019

Por Eddy Montilla

Según las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), se prevé para República Dominicana un crecimiento de un 5.7 % para este año, el cual es el segundo mayor de toda América Latina y el Caribe, solamente superado por Dominica (9.0 %). Para que ustedes tengan una somera idea de lo que esto significa en términos económicos, basta con decir que el Banco Mundial espera un crecimiento mundial del 2.9 % y el Fondo Monetario Internacional, más optimista, del 3.5 %. En cualquier caso, muy por debajo de los mencionados. Añádanle a esto que gigantes como Alemania casi entran en recesión y otros como Italia y Francia llevan años flotando solamente.

“¡Crecemos más que todo el mundo!”, grita un inocente ignorante en una de las calles de Santo Domingo, y yo lloro. “Eso es fruto del trabajo del Gobierno y de nuestro partido”, podría vender como propaganda uno de esos líderes del actual partido en el poder, y yo… vuelvo llorar porque, a fin de cuentas, ¿qué se ha ganado con todo eso?

Desde el año 2005, el país ha mantenido su producto interno bruto (entiéndase por ello el valor final de todas las actividades económicas) con un saldo positivo por más de una década y, sin embargo, más de un cuarto de la población se acuesta bajo las sábanas de la pobreza. ¿De dónde surge esta incongruencia? ¿Por qué siendo tan “ricas” las personas siguen siendo tan pobres? La respuesta es muy simple: el alto grado de codicia de los que tienen mayor poder y dinero y la mala administración de nuestros gobiernos.

En términos prácticos, el crecimiento económico de un país a partir de su producto interno bruto no significa que la gente tenga más dinero, sino que los dueños de empresas y negociantes están obteniendo más beneficios, es decir, la pequeña minoría, a menos que se mejoren los salarios, los cuales nunca (y lo repito otra vez para que no haya el menor resquicio que albergue alguna duda) nunca han subido en concomitancia con los beneficios obtenidos por las empresas. De ahí, la abismal brecha que separa a los millonarios que van por ahí derrochando placeres del pueblo que vive en la marginalidad económica.

Durante años, los diferentes gobiernos que han pasado por el país han fracasado (si en algún momento lo han intentado) en fortalecer la sostenibilidad fiscal del país y en la recaudación de impuestos. La política gubernamental sobre los impuestos es muy similar a la historia sobre el pago por el uso de la energía eléctrica: los pobres no pagan, sino que “la toman prestada del vecino o de algún poste de luz cercano”, los ricos nunca pagan lo que realmente consumen y la clase media tiene que asimilar el pago no hecho por ambos extremos.

En República Dominicana, existe desde hace mucho tiempo la idea de que pagar impuestos es sinónimo de perder dinero cuando en realidad, si es empleado correctamente, ese dinero recaudado se revierte en beneficio para todos, pues no se tendría cortes del suministro de electricidad (apagones) ni tantos baches en las carreteras, entre otras cosas. Hay que educar a la gente sobre el pago de impuestos y obligar a los más ricos no a pagar más, sino a pagar lo que les corresponde realmente, lo cual, juzgando por la fragilidad fiscal gubernamental, parece estar muy lejos de la realidad.

Pero los errores que los gobernantes han cometido en materia económica con el crecimiento no se quedan ahí, pues estos han seguido la misma obcecación del expresidente fallecido Joaquín Balaguer al concentrar el erario en Santo Domingo y en obras que no llegan ni a la mayoría ni a los más necesitados. Diez años de crecimiento para solo tener un metro y un teleférico es igual a burlarse del pueblo, de esa gente que debería empezar a preguntarse dónde está su dinero.

Adam Smith decía que una “mano invisible” es lo que ayudaba a conseguir el equilibrio entre la demanda y el suministro de mercancías en un mercado libre. Si ese señor hubiese vivido en República Dominicana, habría dicho que para conseguir equilibrio entre los más ricos y el resto del pueblo dominicano en penumbra se necesitaría no una mano, sino el cuerpo entero.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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