ESTADOS UNIDOS, donde cada masacre por tiroteo le da la bienvenida a otra peor

9 octubre, 2017

Por Eddy Montilla

En Estados Unidos, poseer un arma de fuego es como el Super Bowl, parte de la cultura, pero con la gran diferencia de que el segundo trae diversión y el primero trae dolor y muerte. Se dice que esa característica casi obsesiva de los norteamericanos de poseer armas tiene su origen en los inmigrantes que llegaron desde Europa, quienes al sentir ausencia de autoridad, optaron por defender a sus familias ellos mismos. Lo que esas personas nunca imaginaron fue que las armas llegarían a ser tan letales como los son hoy en día ni que podrían adquirirse tan fácilmente en una simple tienda comercial como si se tratara de la compra de algún artículo para el hogar.

Ya han pasado muchos años desde el tiempo de aquellos pobladores y, por lo tanto, si la situación relacionada con la muerte por armas de fuego todavía no ha sido resuelta, es a la generación actual a la que se le debe pedir cuentas. Los dirigentes del gobierno y la población han fracasado en sus intentos de reducir las muertes provocadas por balaceras. El caso del rico, jugador empedernido, inversor inmobiliario y ahora famoso asesino masivo, Stephen Paddock en Las Vegas pone de manifiesto que los tiroteos masivos en Estados Unidos están cerca de convertirse en una situación incontrolable. Si los 58 muertos y los cientos de heridos que la cruel acción de Paddock provocó son una gran tragedia, peor es lo que está por venir, algo que se deduce precisamente de la cantidad de armas que fácilmente compró y de la enorme cantidad de víctimas que estas pueden producir.

La venta de armas para Estados Unidos siempre ha sido un negocio lucrativo tanto dentro como fuera del país, por lo que no es necesario explicar cómo pudo Paddock comprar 23 armas potentes, muchas capaces de disparar constantemente cientos de balas por minuto y poder matar a una distancia de 400 yardas (365.76 metros). De no haber estado involucrado antes en actividades criminales muy serias, la única restricción para comprar un arma es, pues, la cantidad de dinero que una persona pueda tener y, en el caso de Paddock, él tenía mucho de esto. Al Gobierno, a los vendedores de armas y aquellos que abogan por estas como defensa, sería bueno preguntarles si una persona necesita 23 armas potentes para defender a los miembros de su familia y para qué se les paga un salario a los policías.

Estados Unidos ha visto más de 200 tiroteos masivos en la última década. Pero lo que debería poner a la gente a pensar seriamente sobre ese problema no es precisamente ese largo tiempo de tragedia, sino más bien la forma como es visto y enfrentado. Esa última década es mucho más que una larga historia de personas muertas a balazos, es solo el preludio, los primeros partos de dolor de problemas mayores que se avecinan sobre ese país. ¿Por qué? Porque ahora los intervalos entre un tiroteo masivo y otro se hacen cada vez más pequeños y lo que es peor, el número de asesinados es cada vez más grande. Y si usted no cree nuestras deducciones a partir de los hechos, por lo menos créanos a partir de los números: desde el año 2010 los tiroteos masivos han ocurrido anualmente dejando víctimas que superaron siempre la decena (salvo el año 2014). A partir del año 2015 los tiradores no simplemente quieren matar, sino superar en víctimas al tirador anterior.

Como en casos anteriores, después de cada tiroteo masivo, la gente comenta, el presidente visita y después de unas semanas, basada en su característica del “move forward” (seguir hacia adelante), la sociedad norteamericana olvidará a Paddock y también el problema inconcluso de las armas fuego hasta que venga otro sádico o enfermo que rompa su récord de asesinatos. Y como cada asesino masivo alimenta las ansias de sangre del mayor número de muertes que produjo el asesino anterior, ya es solo, pues, cuestión de tiempo.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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La República Dominicana: sol brillante y políticos de cera

23 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Desde la década de los sesenta, la República Dominicana ha visto a muchas personas ordenando y gobernando, pero solo ha tenido tres líderes que se pueden llamar a la vez políticos. El primero forjó su carácter con una mezcla de bondad y endeblez. Ya en los últimos años de su vida, la política dominicana se había convertido en una jungla, y en la jungla, ni los buenos ni los débiles sobreviven: así murió José Francisco Peña Gómez. El segundo, fue un gran teórico y visionario, muy a la vanguardia de sus contemporáneos. Por eso, fue malentendido, menospreciado y hasta subestimado. Me refiero al profesor Juan Bosch. Y el tercero era el más pragmático de los tres, lo cual explica por qué excedió en poder a los otros dos. Pero el poder sin límites y en demasía termina corrompiendo hasta a los más incólumes. Eso sucedió con Joaquín Balaguer quien pasó de disfrazado servidor de dictador en la era de Trujillo a convertirse en dictador disfrazado.

Lo que resulta contrastante de estos tres políticos en comparación con la generación que los sucedió es el desapego por lo material que ellos tuvieron. Peña Gómez y Bosch podrían ser muy bien tildados de caudillos; Balaguer, de pichón de dictador, pero no creo que puedan ser juzgados como desfalcadores del erario para provecho económico personal. Hoy, cuando se escucha el clamor resonante del pueblo, hastiado de tanta corrupción ante la expresión sórdida de sus gobernantes, hay que preguntarse: ¿dónde se ha fallado? Cuando se ve a la gente inventando nuevas formas de protestas como el Libro Verde por el Fin de la Impunidad, la Marcha Verde y otras tantas que con otros colores seguro vendrán, hay que preguntarse: ¿por qué se ha fallado?

El más reciente de los males salidos de la caja de Pandora dominicana en términos de corrupción fue el caso Odebrecht, quizás el peor caso de corrupción internacional conocido hasta ahora entre los países latinoamericanos, no solamente por la magnitud del dinero y países involucrados, sino también por su modalidad: fiestas con mujeres para políticos como forma de agradecimiento y/o extorsión, según publica un diario español a raíz de las declaraciones ofrecidas por Rodrigo Tacla, exempleado de la compañía Odebrecht. Eso debe servir como parámetro para evaluar la generación de políticos actuales. Y que no vengan con el cuento de haber pecado por ingenuidad, pues, ¿por qué dejaría una compañía tan grande como Odebrecht su sede en Brasil para venir a instalarse en un país tan pequeño como la República Dominicana? ¿para mostrar sus lazos de hermandad? A los tontos con tonterías.

La economía dominicana ha sido floreciente por casi dos décadas y lo único que se ha conseguido con eso es “una floreciente millonada de personas viviendo en la pobreza”. La República Dominicana necesita urgentemente un cambio de generación de políticos, algo que obviamente no es tan fácil, porque los que tradicionalmente han dirigido el pueblo (desde el gobierno o fuera de este) no están dispuestos a ceder su cuota de poder por pequeña o grande que sea. Ellos son “los políticos electricistas” que conglutinan seguidores y perpetúan su autoridad mediante conexiones basadas en dádivas que quebrantan pestañas.

El país tiene que crear una nueva generación de políticos, educados y, sobre todo, libres de pobreza mental y económica para que no se repita la misma historia de siempre: que el oprimido de ayer, una vez tomadas las riendas del poder, se convierte en el opresor de mañana. Los dominicanos ya han dado un paso al frente con sus protestas contra esos políticos de cera causantes de tantos males al pueblo dominicano y que se derriten cuando les da el calor que emana de la palabra honradez. Ahora, hay que dar el segundo paso: nuevos políticos para nuevos tiempos.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Cuando la pedagogía moderna no funciona en la educación de tus hijos…

19 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Encontrar un buen método para educar a los niños siempre ha sido un dolor de cabeza y prioridad a la vez para los padres, y básicamente por dos razones: primero porque se quiere lo mejor para ellos y segundo porque trabajar y cuidarlos no es tarea fácil. Entonces, si la parte relacionada con su educación va bien, al menos se aligera la carga. De los pedagogos, sicólogos y otros expertos, siempre nos llegan algunas nuevas ideas sobre cómo educar a los hijos, algunas que nos están ayudando y otras que simplemente nos están envenenando. Y como el veneno es más fuerte que la ayuda ya ustedes saben a dónde llevar las flores.

¿Y cuál es el veneno? Estamos cayendo en una especie de debilitamiento emocional sobre cómo educar a los niños, especialmente en la casa. Mis padres tuvieron 7 hijos y los criaron con gran amor familiar, pero bajo las normas del respeto y autoridad. Pero el otro día, al preguntarle a una chica boliviana sobre su bebé, me respondió: “Ahí está, y es el primero y el único que voy a tener porque es… ¡demasiado trabajo criar a un niño!” No se formen juicios todavía, pues este ejemplo es solo un aperitivo, así que dejen espacio en su estómago para el plato fuerte:

Hace dos días me dice una madre en Japón que su hija no puede levantarse de la cama e ir a la escuela, pero que el problema no es su salud física. “Es una enfermedad que hay ahora y algunos niños no pueden levantarse para ir a la escuela”. Me dijo. Lo que puedo ver aquí es que la situación sobre la educación infantil se ha tornado crítica, pues el problema se ha vuelto internacional. Y su caso me hizo recordar a mi abuela, cuando supo que mi hermano mayor llevaba dos días de ausencia en la escuela porque no podía levantarse de la cama para ir a estudiar (usando el recurso literario de la ironía: cualquier parecido a esa “nueva enfermedad” es… ¡pura coincidencia!)

La solución de mi abuela para el problema de mi hermano fue tan simple y natural como la vida misma. Fue a nuestra habitación, yo cerré los ojos y sin usar otra cosa que sus manos, le dio a mi hermano un par de manotazos en las nalgas, la misma cantidad en el vientre y después le dijo: “como no puedes acostarte ahora ni boca arriba ni boca abajo, es seguro que vas a poder irte derecho a la escuela ahora mismo, mi querido Frank”. Esas cuatro manotadas no mataron a mi hermano, ni le dejaron cicatrices ni pusieron en peligro su vida. Solo hicieron una sola cosa: obligarlo a cumplir con su deber de niño, el deber de estudiar, y gracias a esto, ese niño, convertido hoy en un padre de familia, tiene un puesto gerencial en una empresa. Y como las historias se difunden rápidamente en los pueblos, cada vez que un niño no quería ir a la escuela, su madre le decía que iba a llevarlo donde la abuela de la esquina, con lo que el problema quedaba resuelto y el niño se iba directo a estudiar sin rechistar. Esas manotadas se hicieron célebres y ayudaron a muchos niños más en mi pueblo.

No estoy defendiendo el castigo corporal, pero sí defiendo la idea del castigo en otras posibles formas (sin ver la tele, sin postre, etc.) porque el castigo per se es vital para enseñarle al niño cómo afrontar la vida. El castigo lo aleja de las conductas indeseables, le enseña que se paga un precio por los errores y con esto, el niño aprende a crear mecanismos de prevención para no cometerlos. Y en el peor de los casos, un par de manotazos (¡más suaves que los de mi abuela!) no matan a nadie, pero sí ponen a un niño en el camino del entendimiento. Pero estas ideas están desfasadas, según los pedagogos del momento y no tienen cabida dentro de la educación infantil actual. ¡Bravo! ¿Y qué hemos conseguido con todo eso? Niños manipulando a sus padres, amenazándolos con llamar a la policía si son “tocados” (EE. UU.), niños que ni siquiera pueden ver la simple foto de un insecto en la portada de un cuaderno o en su libro de ciencias porque sienten repugnancia (Japón) y muchos otros casos más en otros países. Basados en un concepto malentendido y definido como “No queremos que nuestros hijos sufran lo que nosotros sufrimos antes”, los padres están haciendo un gran daño a sus hijos. Y en cuanto a nuestros pedagogos y educadores, hagamos honor a la verdad: con nuestra forma de educación infantil actual, lo único que estamos consiguiendo es una generación de niños mimados, mocosos y espiritualmente endebles para su desgracia y la de sus padres también.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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La ignorancia de los intelectuales modernos

3 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Para que ustedes puedan entender la enorme diferencia que existe entre los grandes pensadores de antes y nuestros “intelectuales modernos” con todas sus maestrías, doctorados y docena de libros publicados, basta con recordar la respuesta de Diderot a Rousseau cuando este, muy turbado, le dijo que no sabía qué hacer.

”Observa lo que hacen los demás en el mismo caso, sin copiarlos. Y si cometes un error, ¡lo cometes a lo Rousseau!” Diderot animaba a su amigo a estudiar a los otros, pero sobre todo, a ser original. Y gracias a la presentación de sus propias ideas, nacieron El Contrato Social y El Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, obras en las que Rousseau dejó plasmado su pensamiento social y político que transformaron Francia y parte de Europa.

Según la intelectualidad moderna, según nuestros “genios modernos” la credibilidad viene de citar muchas fuentes, y es mejor que las referencias bibliográficas sean de años recientes. Así se les enseña a los estudiantes a escribir sus tesis de grado en las universidades hoy en día, así se escriben los libros y artículos en Internet, un fiel reflejo de lo degradado que estamos en términos de pensamiento. “¿Qué es más fácil, decirle a un enfermo tus pecados están perdonados o toma tu camilla y anda?” Dijo una vez Jesús. Y ahora, permítanme preguntarles: ¿qué es más fácil, llenar una página con todo lo que han dicho otras personas o rascarte la cabeza hasta poder escribir y presentar tus propias ideas?

En cuanto al uso de referencias bibliográficas recientes, me pregunto si existe algo en cualquier área del saber humano que no tenga como base los estudios anteriores, es decir, los estudios de los clásicos. Nada nuevo bajo sol, no hay ninguna novedad con la forma de estudio de hoy porque antes la credibilidad de lo escrito no la daban las fuentes, sino el escritor. Por esa razón, pasan los años y los grandes de ayer son también los grandes de hoy.

Cuando me pidieron escribir un trabajo sobre un tema social basado en estos actuales cánones de pensamiento y escritura, tomé el primer libro y su autor empezaba citando a otras personas, y abriendo los libros de esas otras personas noté que citaban a otras y así seguía el rosario de citas sin haber llegado el domingo de misa. Cerré los libros cuidadosamente, me levanté de mi asiento y me puse a pensar el porqué los escritores e intelectuales modernos, a pesar de lanzarse usando como catapultas las redes sociales y otros múltiples medios que Internet ofrece, no llegan a hacer su propio espacio en la historia: es que la base de educación y de pensamiento actuales son frágiles y un tanto irreal. En ese mismo momento y bajo esas circunstancias, decliné la petición sobre escribir aquel trabajo, pues prefiero seguir leyendo los clásicos de ayer y creando mis propias ideas hoy para presentarlas mañana. ¿Y si me equivoco? Entonces, como dijo Diderot, me equivocaré a lo Rousseau.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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El derecho de vivir y morir en paz

31 agosto, 2017

Por Eddy Montilla

En otros tiempos, era una costumbre que cuando había un conflicto en el pueblo, se reuniesen estas cuatro personas: el alcalde, el cura, el doctor y el abogado. Los tiempos pasan, pero muchas costumbres se quedan. Por eso, casos como el de Charlie Gard, el niño que atrajo la atención internacional por la lucha de sus padres para mantenerlo vivo, conectado a una máquina, mientras buscaban a toda costa una forma de salvarlo, en clara oposición a los doctores quienes declaraban que mantenerlo en esa situación era una prolongación de su sufrimiento, traen también pronunciamientos de las cuatro personas mencionadas anteriormente, pero al más alto nivel. Se pronunciaron al respecto el alcalde (Donald Trump), el cura (el papa Francisco), el doctor (Michio Hirano, el doctor en Estados Unidos que propuso su ayuda pese a que sus investigaciones estaban en fases experimentales) y el abogado (la Suprema Corte de Justicia británica).

Charlie Gard nació con una rara enfermedad conocida como síndrome de depleción del ADN mitocondrial, la cual produce debilitación de los músculos y pérdida de las habilidades motrices. Muchas personas apoyaron a sus padres (campaña de donación que alcanzó 1.6 millones de dólares); otros, a los médicos y la Suprema Corte británica y así nació el conflicto. El bebé murió el 28 de julio del 2017 y quedaron para nosotros las mismas incógnitas sobre la decisión en cuanto la vida y la muerte. ¿Estuvieron estos doctores privándole la vida al pequeño o acortando su sufrimiento? ¿quién debe decidir el destino final de un paciente, la familia o los doctores, los jueces o el mismo paciente?

La Iglesia católica tiene una posición muy clara en la parte teórica cuando predica en su Catecismo que la eutanasia es moralmente inaceptable y que cualquier acción u omisión que provoca la muerte para suprimir el dolor constituye un homicidio. Sin embargo, esa misma posición se torna ambigua o un tanto contradictoria cuando ese mismo Catecismo deja abierta las puertas a la posibilidad de cerrar la vida a un enfermo cuando los tratamientos médicos resultan onerosos, peligrosos o extraordinarios.

Los doctores, que en su mayoría piensan más científicamente que religiosamente, ven esta situación de forma más objetiva: depende de si el paciente se salva o no con el tratamiento. Pero un avión no vuela con una sola ala ni nosotros llegamos muy lejos con un solo pie, lo cual indica que las posiciones más radicales no siempre son la mejor solución.

Los abanderados de la eutanasia, obcecados en su convicción, no pueden ver sus propios defectos que son a su vez su propia realidad y que ellos mismos se niegan a aceptar: son débiles para enfrentar el sufrimiento.

Con tantas discrepancias, es obvio que falta mucho tiempo hasta que lleguemos a una conclusión que satisfaga a todos los grupos por igual. Tanto los doctores como los jueces deben ponerse en la posición de los otros antes de tratar de decidir sobre su suerte y lo más importante: deben incluirlos. La Iglesia debe reflexionar sobre la idea de que un apego absoluto a la vida es, de alguna u otra forma, una falta de fe también absoluta a la existencia de vida después de la muerte. Finalmente, los partidarios de la eutanasia deben entender que el hecho de que se sufra a la hora de nacer y morir no es pura coincidencia, sino más bien, un mensaje claro: el sufrimiento en la muerte es tan natural como el sufrimiento en el nacimiento. Hay que sentarse otra vez en la mesa del diálogo porque, aunque hemos avanzado mucho, todavía falta mucho más hasta que lleguemos a una solución más justa y humana. Y esa solución tenemos que buscarla sin que tengamos que esperar otro caso Charlie Gard como recordatorio.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Conociendo Japón (3): análisis de su éxito empresarial y sistema de trabajo: ventajas y desventajas

21 julio, 2017

Por Eddy Montilla

La mejor forma de entender lo que significa el trabajo en Japón es mirando la vida de las abejas: tienen un excelente sistema de organización de trabajo (igual que los japoneses), pasan casi todo el tiempo concentradas en lo que tienen que hacer independientemente de la aspereza de su trabajo y de su vida misma (igual que los japoneses) y cuando su labor ya no puede ser realizada o no es necesaria, su razón de vivir también llega a su fin (igual que muchos japoneses).

Aspectos positivos del sistema de trabajo en Japón

(+) Fuerte sentimiento de pertenencia y fidelidad a la compañía donde se labora

Desde Estados Unidos hasta Francia, desde China hasta Kenia o desde Australia hasta Brasil, es decir, a cualquier lugar donde viaje, verá el mismo pensamiento de los trabajadores con respecto a la compañía donde laboran: salario recibido por horas trabajadas. “Yo estoy aquí porque me pagan un salario con el que puedo poner comida sobre la mesa. Mientras me sigan pagando, sigo trabajando. Si encuentro un trabajo mejor, me voy inmediatamente. Poco me importa si la empresa va bien o mal. Al fin y al cabo, no es mía”.

”¿Qué te pasa?” Le pregunté un día a Mariko. “Te noto un poco preocupada”.

”Es que en la tienda donde trabajo a tiempo parcial después de la Universidad vienen pocos clientes. “Taihen” (¡Qué problema!). Me dijo.

Lo interesante de esta pequeña anécdota es que su salario, unos 850 yenes por hora (9 dólares aproximadamente al momento en que escribo), ni sube ni baja por la llegada de clientes. En las mismas circunstancias, ¿a cuántas personas usted conoce que estarían preocupadas por no tener muchas cosas que hacer? Aquí está la diferencia: en Japón, los empleados se sienten conectados a la compañía donde laboran con un nivel muy alto de responsabilidad y lealtad.

(+) ”Nosotros” va delante de “Yo”

El más grande secreto y base del éxito empresarial japonés no es su avance tecnológico, como muchas personas piensan (Alemania, Estados Unidos y otros países también lo tienen), sino el haber creado en sus ciudadanos la idea y sentimiento de tener que moverse al unísono en el trabajo. Ellos ponen con frecuencia detrás el “yo” y la secuela de egoísmos que esta palabra generalmente trae para dar prioridad al “nosotros”, creando así la sinergia que permite el desarrollo colectivo. Observe la empresa en la que usted trabaja. Es casi seguro que encontrará muchos ejemplos de empleados que no están empujando como grupo, sino tirando cada quien por y para su lado a nivel individual.

Siempre me gusta ilustrar la idea del trabajo en grupo de los japoneses con el ejemplo que vi un día cuando unos empleados estaban plantando un árbol: un empleado llevaba el árbol que se iba a plantar, otro tenía la pala, otro una regadera, el jefe tenía una pequeña estaca y la secretaria tenía una cámara para tomar la foto del recuerdo. En ese momento, me puse a pensar que hubiese pasado en otros países que conozco. Seguramente el jefe le hubiera dicho a Hugo (nombre hipotético) que hiciese ese trabajo y este lo habría hecho no sin antes pensar dentro de sí lo siguiente sobre su jefe: “¿Quién piensa este pendejo que yo soy?, ¿el más feo? ¿Por qué me manda a mí y no a Pablo, José o Manuel, que siempre están por ahí sin hacer nada?” Esta decisión del jefe solo sirvió para añadir una gota más de veneno a la relación entre él y su empleado, relación que ya de por sí parecía estar envenenada.

(+) Responsabilidad social alta

La responsabilidad social que deberían tener las empresas para con la sociedad de la cual se nutren es algo relativamente nuevo. En términos prácticos hablaríamos de unas tres décadas, en mi opinión. En Japón, sin embargo, esta idea podría casi triplicar ese tiempo. Y si tomamos en cuenta el pensamiento grupal que prevalece en ese país, es probable que siempre haya existido. La sociedad es la persona y la persona es la sociedad. En la medida en que la sociedad mejora, todos mejoran. Bajo esa filosofía trabajan los japoneses frecuentemente. A eso, hay que añadir su compromiso con la calidad: cualquier producto japonés sobrepasa los estándares mínimos de calidad y, en materia de servicio, probablemente sean los mejores del mundo.

(+) Hacen del trabajo una forma de diversión con cada meta obtenida

Mundialmente existe la percepción de que los japoneses están siempre trabajando. Eso no está lejos de la realidad. Si recibimos dinero por trabajar, quiere decir que el trabajo no es algo muy fácil de hacer. Entonces, lo realmente interesante en este caso es preguntarse cómo pueden ellos trabajar tan maratónicamente. La respuesta podría ser el placer sentido con cada tarea de trabajo realizada.

Aspectos negativos del trabajo en Japón

(-) Obsesiva búsqueda de la perfección

Los japoneses son perfeccionistas y le dan gran importancia al cambio. Para ellos, hay que estar constantemente buscando algo nuevo, pues ven desarrollo en cada cambio. Los productos, por ejemplo, “cambian” constantemente y ellos enfatizan el cambio en la publicidad: “¡Nueva cerveza!, ¡nuevo pastel en la cafetería! Y así sucesivamente. Al principio, esta idea es buena y si no aparece entre los aspectos positivos es porque gradualmente se vuelve obsesiva. El estrés que crea la obligación de tener que mejorar, tener todo correcto y perfecto lleva al suicidio a decenas de miles de japoneses cada año. Pero es solo la punta del iceberg: hay millones de trabajadores que necesitan medicina o alcohol para poder dormir y muchos millones más de jubilados en la misma situación.

Tomándome un café en una cafetería dentro de unos grandes almacenes, observaba cómo trabajaba una dependienta japonesa en una tienda. La chica no estaba fija ni un segundo: cambiaba la ropa de posición, la combinación de las faldas y blusas y otras cosas más hasta que llegara algún cliente. Era algo así como: ”Si no tienes realmente nada que hacer, tienes que inventártelo”. En Toledo, España, en una tienda, me encontré con un caso opuesto al anterior. Vi a toda una familia, desde el abuelo hasta el nieto, trabajando en el mismo lugar. Nadie se movía, todos estaban charlando conmigo hasta que llegó un nuevo cliente y durante todo ese tiempo nos reímos mucho. No llevan una vida tan moderna como el dueño de aquella tienda japonesa, pero tal vez sean más felices. Si usted pule demasiado en búsqueda de brillo, al final termina desgastando la cosa pulida. Es que, en un mundo limitado, tratar de vivir sin limitaciones crea muchos dolores de cabeza.

(-) Falta de flexibilidad

Recuerdo un viernes por la noche cuando salía de un restaurante. Al frente del lugar, había un trabajador japonés, vestido impecablemente, golpeando ligeramente con su cabeza un poste de luz. Él estaba borracho, pero la razón de su acción no eran las múltiples cervezas que pudo haber tomado esa noche, sino algún error cometido. La búsqueda de la perfección obsesiva que mencionamos antes deja poco espacio para la flexibilidad en cuanto a los errores por la competitividad.

Mientras en otros países se trabaja por un periodo de tiempo establecido (“Ya son las seis de la tarde, termino mi trabajo por hoy. Me voy, hasta mañana, chicos”.), los japoneses trabajan por tareas hechas: no has terminado lo que tienes que hacer ni tus compañeros tampoco, pues no regresas a tu casa. Eso explica las largas horas de trabajos extras que los japoneses hacen diariamente. Camine a las ocho y hasta nueve de la noche y verá aún las luces encendidas de las oficinas en los edificios. Estamos hablando de más de 10 horas de trabajo al día sin contar las horas de desplazamiento al lugar de trabajo. En África usted puede morir de hambre; en Latinoamérica usted puede morir por falta de dinero para comprar medicinas o por un atraco, pero en ningún caso será por exceso de trabajo. En Japón, por el contrario, el karoshi (muerte por exceso de trabajo) mató a más de 2000 personas en el año 2015. Un caso de gran resonancia fue el de una joven de 24 años que llegó a trabajar hasta 105 horas extras en el mes anterior a su suicidio. Muchos otros casos no salen a la luz pública y se resuelven con millones de yenes ofrecidos a la familia como compensación. En otros casos, el estrés se vuelve casi insoportable. Entonces, los empleados trabajan pensando que al llegar la noche van a beber alcohol como locos, y beben alcohol como locos esa noche pensando que mañana tendrán que trabajar de la misma forma.

(-) Fuera del trabajo, pocas expectativas

Si usted participa en una fiesta de empleados japoneses, notará como hay mucha comida, mucho alcohol y después de comer y beber, mucha conversación sobre… el trabajo. Mientras muchas personas en otros países buscan separar la vida laboral de la vida familiar, en Japón solo hay una vida: el trabajo. Las horas dedicadas a trabajar sobrepasan las de la familia y el descanso. El traslado de empleados a otras ciudades es frecuente y la familia no va con el padre. Los padres pasan poco tiempo con sus hijos y en las últimas décadas en muchos casos ya ni siquiera llegan a tenerlos: son sustituidos por perros o gatos.

Japón es un país con una sociedad envejeciente. Contrario a otros países, la aceptación de inmigrantes es muy reducida y las familias sin niños van cada año en aumento. Hoy, el índice de desempleo es bajo y la situación económica es estable. Sin embargo, de no realizar cambios en la vida laboral, en un par de décadas, el país sufrirá las consecuencias de la carestía de mano de obra, el desequilibrio o ruptura familiar y el gran problema de familias unipersonales aun nivel tan peligroso que prefiero no pronosticarlo.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Ciberataque mundial: ya es solo cuestión de tiempo

27 mayo, 2017

Por Eddy Montilla.

En materia tecnológica, de invención y descubrimiento, tal vez el ser humano tenga todavía un largo camino por recorrer, pero en lo que respecta a la conducta y pensamiento humanos, no hay, como dice el famoso proverbio, “nada nuevo bajo el sol”. Tal vez sea por eso que avanzamos mucho en lo primero y ya casi ni pensamos en lo segundo. Hemos digitalizado casi todo, hacemos girar nuestro trabajo en torno a un ordenador e Internet y, por otra parte, nos hemos olvidado de consejos tan importantes en la vida como el de “no poner todos los huevos en la misma canasta”, error que hemos cometido al volvernos completamente dependiente de los ordenadores y teléfonos inteligentes.

El paso de lo analógico a lo digital, del trabajo en papel al trabajo en la pantalla de un ordenador ahorra mucho tiempo y hace que nuestra vida sea más fácil. Sin embargo, el más reciente y grande ciberataque a escala mundial que, dicho sea de paso, afectó a más de 100 000 organizaciones en unos 150 países, ha puesto de manifiesto la fragilidad de nuestro aparentemente seguro mundo digital y nos ha enseñado simultáneamente el otro lado de la moneda: estamos corriendo el riesgo de quedarnos sin presente y sin historia. El avance tecnológico va tan rápido que los canales de distribución de información y los medios de almacenamiento de datos cambian sus formatos periódicamente. Por ejemplo, hay muchas personas que todavía almacenan información en CD, DVD; otras optan por USB, discos portátiles y ya hay quienes se arriesgan a tener todo almacenado en la nube. Estos diferentes formatos han creado gradualmente una especie de torre de Babel que solo la computadora puede decodificar. Pero, ¿qué pasaría si en un momento determinado, por algún ataque cibernético los ordenadores perdieran la capacidad de lectura de nuestra información? Desde las fotos de la familia hasta las informaciones de pagos más importantes de una empresa, todo se esfumaría más rápidamente que un plato de galletas en frente de un par de niños con hambre después de llegar del colegio. Científicos y expertos en la materia como Eugene Karspersky nos han estado advirtiendo de este posible caos. No estamos, pues, delante de algo hipotético, sino posible.

Cada vez que los ladrones burlan un sistema de seguridad y logran entrar en las casas, se crea un nuevo sistema que les hace “su trabajo más difícil”, y así el ciclo se repite: por cada nueva forma de entrar que inventan los ladrones, aparece una nueva forma de seguridad. En materia de informática, por suerte, no es el ladrón (el pirata informático) el que va a la vanguardia, sino el sistema de seguridad. Eso nos da tiempo para poder protegernos mejor. No obstante, no significa que en el futuro la situación continuará siempre así. Es precisamente eso lo que ha hecho saltar las alarmas en torno a este tema, porque las consecuencias podrían ser realmente terribles. Después del ciberataque mundial, en Inglaterra y Escocia, por ejemplo, muchos hospitales no pudieron ofrecer sus servicios con normalidad al no poder usar correctamente su sistema de ordenadores. Como resultado, operaciones canceladas, tratamientos médicos sin poder realizarse y otros inconvenientes más.

Lo que antes parecía solo posible en la imaginación del director de la película Duro de matar 4.0 (la Jungla 4.0), Len Wiseman, cuando se hizo un ataque cibernético a las infraestructuras más importantes de Estados Unidos, hoy es algo que está más cerca que nunca de convertirse en algo real. Digamos, para repetir las palabras de Karspersky: “Es solo cuestión de tiempo”. Por eso, hay que buscar balance entre la sabiduría tecnológica y la sabiduría de la vida y no poner todos los huevos en una misma canasta. Eso quiere decir que hay que tomar medidas preventivas como guardar copias en papel de cosas importantes en vez de confiar todo al ordenador. Si es posible, tener un ordenador sin conexión a Internet, es decir, buscar doble forma de almacenamiento para no depender completamente de Internet ni de la computadora. Incluya también en esa misma tendencia la idea de almacenar algo de dinero en efectivo. De ese modo, podríamos estar más seguros contra cualquier eventualidad. Para los que estas recomendaciones les resultan un tanto exageradas o innecesarias, recuerden que la gente normal siempre se burla de los que se previenen, pero al final, cuando llegan los días de tormenta y con ellos los problemas de grandes magnitudes, son los que se previenen los que se mantienen a flote mientras que la gente normal se mueve en una sola dirección: hacia el fondo.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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