Lecciones de la vida: la lección de la culpa

1 mayo, 2018

Por Eddy Montilla.

ERROR

Hoy, camino al trabajo en bicicleta, tomé un camino diferente y casi al llegar a la esquina vi a dos madres hablando placenteramente mientras sus hijos jugaban a menos de dos metros de ellas. Uno de los niños empezó a mover sus manos y cuerpo alegremente, lo cual encendió la luz de mi alarma mental, porque después de la risa de un niño siempre viene el echarse a correr impetuosa y descuidadamente. Y así fue. Estaba casi llegando a la esquina cuando el niño se lanzó a la calle sin mirar. Todo ocurrió demasiado rápido y las madres estaban muy distraídas como para poder reaccionar a tiempo. Para mi suerte y la de los chicos también, yo venía previendo que algo así podía suceder, así que al final el niño terminó a menos de dos centímetros del frente de mi bicicleta después de un buen frenazo.

“¡Cuántas veces te he dicho que no corras!” Le dijo la madre enfadada. Luego me miró, me pidió perdón y buscando una forma de compensarme por lo sucedido, le dio un tremendo manotazo a su hijo por la cabeza, queriendo decir con ello: “Como usted puede ver, ya estamos a mano”.

Les sonreí a todos y me fui pensando en lo sucedido. “¿Hasta qué punto se puede considerar a este niño culpable de su acción?” Pedirle a un niño que no corra, que se esté quieto todo el tiempo es como pedirle al cielo que no llueva porque vamos a hacer una barbacoa en el jardín con muchos invitados. Culpar a otros de nuestros propios errores es fácil; aceptar nuestra propia culpa asumiendo responsabilidades es difícil y por eso terminamos siempre haciendo lo primero y negando lo segundo. Lo peor de aquella situación no fue que aquella madre estaba atribuyendo a su hijo un error que no había cometido, sino que ella ni sentía ni entendía que era su propio error. Si no puedes llegar a la altura que se necesita para admitir tus propios errores, por lo menos no caigas en la bajeza de culpar a otros por ellos.

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Lecciones de la vida: la lección de Alekhine

23 febrero, 2018

Por Eddy Montilla.

Voy a hacer todo lo posible esta vez para que esta historia resulte lo más corta posible por una simple razón: para aquellos que no conocen el fascinante mundo del ajedrez, el mero hecho de escuchar esta palabra les hace sentir petrificado y hasta horrorizado tal vez, pues la falta de conocimiento del juego los conduce erróneamente a pensar que están frente a algo más aburrido que la palabra inercia.

Alexander Alekhine nació en Rusia y fue un jugador de ajedrez a quien yo particularmente considero el mejor jugador que ha tenido este deporte, arte y ciencia a la vez a partir del siguiente argumento: un genio puede vencer a otro genio, un gran jugador puede vencer a otro gran jugador, pero ¿cuántas veces ha visto usted a una persona normal vencer a un genio? Eso fue exactamente lo que Alekhine hizo, pero a un nivel mucho más alto de lo que mis palabras pueden describir. Él venció al invencible, a José Raúl Capablanca, llamado “la máquina del ajedrez”. Y la lección que yo aprendí de él empezó antes de su campeonato contra Capablanca, campeón del mundo en ese momento. Un periodista se le acercó y le preguntó cómo él pretendía vencer al gran genio cubano (Capablanca), un prodigio que había aprendido a jugar a la edad de cuatro años por él mismo, mirando simplemente a su padre jugar, que corrigió a su padre en la partida y… ¡que luego le ganó! Y si quiere algo más, le digo que fue un genio que no perdió una partida en ocho años.

“Realmente no lo sé”. Alekhine le respondió.

Y cuando el periodista se dio la vuelta y estaba a punto de salir del lugar, oyó la voz de Alekhine diciéndole lo siguiente:

“Pero yo no sé cómo él piensa ganarme a mí tampoco”.

Sí. Eso fue lo que yo aprendí de Alexander Alekhine: la determinación y el coraje que nacen con la fortaleza del espíritu son las claves para obtener muchas de las cosas que usted desea. No creo que sea coincidencia que las más bellas partidas de Alekhine se produjeron casi siempre después de haber perdido el día anterior, como si quisiera decirnos: “Cada vez que te caigas, tú deber es levantarte”. Y, gracias a él, cada vez que tengo un problema difícil en frente de mí, recuerdo las palabras que le dijo al periodista y después me digo a mí mismo: “Yo no sé cómo voy a salir de este atolladero en que estoy ahora, cómo voy a resolver este problema, pero una cosa es segura: yo no sé cómo este problema va a quedarse sin ser resuelto por mí tampoco”.

Lo siento, no pude hacer la historia más corta.

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Lecciones de la vida: la lección del niño genio

13 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Encendí el televisor, llegué a un canal por accidente y por ese mismo accidente vi los primeros tres minutos de un programa. El presentador hizo su introducción e inició posteriormente el concurso de los niños más inteligentes de la escuela primaria de todo el país. Los niños respondían a las preguntas casi de forma automática y con una rapidez pasmosa, preguntas que yo o bien había olvidado o bien nunca aprendí. Durante dos minutos y 20 segundos estuve admirando su aplicación al estudio hasta que llegaron esos fatídicos 40 segundos siguientes que me hicieron cambiar de opinión y, por su puesto, de canal también.

En esos 40 segundos que para usted son probablemente un abrir y cerrar de ojos, yo vi una eternidad, vi una vida con un solo lado, un ave tratando de volar con una sola ala. Uno de los chicos presentó su rutina diaria: se levanta a las 5:30 de la mañana para leer las noticias del periódico y luego empieza su ritmo de estudio hasta las 11:00 de la noche. En su horario, no se veía tiempo para ir a un parque a jugar al fútbol o al béisbol con sus amigos ni una hora para ver algún programa infantil o algo similar. Se notaba que los padres estaban muy orgullosos de tener un hijo “genio” y yo, por mi parte, veía al niño “genio” con gran pena por tener unos padres ineptos, incapaces de ver que aun en la capacidad intelectual al más alto nivel, ese tipo de vida desbalanceado conduce a una infelicidad concomitante a la genialidad poseída.

La conducta de un genio es diferente de la de una persona normal y viceversa, pero un niño es un niño, independientemente de su nivel intelectual, y no está, por consiguiente, en capacidad de orientarse por sí mismo sobre los diferentes caminos de la vida. Es, pues, deber de todos los padres ayudar a sus hijos en el reconocimiento de dichos caminos a través del contacto con múltiples experiencias en vez de intoxicarlos con más de 10 horas de estudio básicamente para satisfacción personal de los mismos progenitores o por la competencia social absurda en la que vivimos hoy. Después de ver esto, apagué el televisor. “Si así viven los niños genio, me alegro de haber sido un idiota”. Pensé, porque gracias a mi idiotez en la niñez pude cantar y reír, mirar de arriba a abajo a la niña que tanto me gustaba en el colegio y jugar con mis compañeritos hasta la saciedad, diferente de esos niños que probablemente pasarán el resto de sus vidas trillando el mismo camino con su única actividad. Siento pena por ellos y por sus padres.

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Lecciones de la vida: la lección del abrazo

14 julio, 2017

Por Eddy Montilla

Ayer, en pleno centro de la ciudad, vi a una madre alejarse un par de metros de su hija pequeña para luego llamarla y fundirse ambas en un abrazo. Un ejemplo sublime de lo que es el amor sublime maternal. De regreso a casa, al caer la tarde, me encontré con una situación completamente opuesta a la primera historia: una madre diciéndole a su hijo de unos 12 años lo siguiente cuando este la asió de un brazo: “¡No me toques! Kimochi warui (¡Eso es desagradable!). Lo primero que llegó a mi mente en ese momento tenía forma de pregunta: ¿Cómo puede una madre negarle un abrazo o una caricia a un hijo?

Desde muy niño, he vivido en un ambiente forjado por la diversidad cultural y, por esa razón, trato de sopesar las cosas desde el lugar y punto de vista donde suceden en vez de evaluarlas desde mi propia cultura. En Japón, por ejemplo, (y en otros países asiáticos también) el contacto físico es casi imperceptible y el nivel de extensión de lo que serían las relaciones familiares y los miembros de la familia es tan reducido como lo que podrías sostener con dos dedos. La costumbre, los ojos de las otras personas, el qué dirán y la aceptación cuasiobligatoria de normas sociales sin derecho a réplica tuvieron sin duda gran influencia en la decisión de aquella madre.

En mi casa me puse a pensar las veces que he regresado a mi país y las dificultades que tenían los policías del lugar para disuadir a un hombre muy mayor de que esperara detrás de la línea de salida hasta que los viajeros salieran. Ese hombre, al ver a su hijo, un hombre mayor también, corría para abrazarle y besarle, y cuando los policías trataban de hacerle entender la situación, él les respondía como si fueran ellos los que no entendieran: “es que ese es mi hijo que ha llegado… ¡Y tengo que abrazarlo! Ese hombre mayor es mi padre y su hijo es, por tanto, quien les escribe a ustedes.

No juzgué como buena ni mala la acción de aquella madre japonesa que le negó el abrazo a su hijo. Lo único que hice fue dormir muy alegremente pensando en mi suerte no solo por el tipo de familia que tengo, sino por el tipo de relación que llevamos todos, pues nacimos, crecimos y moriremos mostrando por dentro y por fuera lo que es, a nuestro juicio, el significado del amor familiar a través de su mejor símbolo: besos y abrazos a la familia.

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Lecciones de la vida: la lección del autor

23 abril, 2017

Por Eddy Montilla

Esta mañana, mientras buscaba una información en una página web, noté que su autor utilizaba casi un 40 por ciento de la página de inicio para hablar de sí mismo en su sección sobre el autor: “yo he hecho esto y lo otro. He ganado este premio y el otro. Mi página web es esto y otras cosas más”.

Nota que quien escribe también tiene una sección sobre el autor. Pero, ¿qué encontrarás allí sobre mí? Una sola oración compuesta de apenas cinco palabras que, por cierto, tal vez sea la más extraña que hayas leído.

No sé por qué, pero después de hojear lo que ese señor escribió sobre sus méritos, lo primero que me llegó a la cabeza fue el día de mi graduación en la Universidad. el Rector pronunció mi nombre y me pidió que pasara a la tarima para regalarme un anillo de graduación por razones que todavía hasta el día de hoy no las he podido entender. Según la Universidad, por alto rendimiento académico. Según mi parecer, un absoluto absurdo, pues para qué premiar a un estudiante por estudiar si ese es precisamente su trabajo.

“No necesito ni quiero eso”. Susurré, pero fui a recibirlo porque uno puede ser tan extraño como desea serlo, pero debe actuar tan normal como la gente espera para librarse así de muchos problemas. Luego, al llegar a mi casa, en mi habitación, tiré el anillo dentro de una caja vieja de zapatos donde ha estado “descansando en paz” desde entonces. Lo mismo ha sucedido con muchos otros premios más. Eso le da una idea del poco interés que le presto a los premios y lo que generalmente hago con ellos cuando me veo forzado a recibirlos.

Tal vez debería admitir que yo pertenezco a la “vieja escuela” y los tiempos son diferentes hoy en día. La búsqueda de la fama y el reconocimiento público son el motor que mueve a muchas personas en la actualidad, y por esas cosas, son capaces de hacer desde sandeces hasta locuras. Aléjate de todo eso. No nacimos para ser millonarios ni ricos, sencillamente porque eso resta valor a la grandeza de la vida misma. Lo que has conseguido se torna en algo inmerecido si no demuestras lo que has hecho por aquellos cuyas precarias situaciones económicas y sociales no les permiten luchar en condiciones similares a las tuyas.

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Lecciones de la vida: la lección del cine

4 marzo, 2017

cinema

Por Eddy Montilla

La chica que trabajaba en el cine tomó el micrófono, me miró muy amablemente y dijo: “señoras y señores, la película está a punto de empezar. Pueden pasar a la sala”. Luego, yo miré hacia ambos lados y solo había dos personas: ella y yo.

     No, usted no se ha equivocado al leer. Fue exactamente así, yo era la única persona que estaba en el cine en ese momento. Puse las palmas de mis manos detrás de la nuca y me llegó a la memoria mi primera asignación en la primera clase de cinematografía. “Tienen que ir al cine de la universidad y ver esta película”. Nos dijo el profesor. Quizás, para muchos de ustedes, es una asignación un tanto extraña, pero para algunos de nosotros no, porque parte de nuestras vidas cambió después de eso, pues empezamos a entender el valor de un filme.

     Un filme no es un simple producto de entretenimiento. Es mucho más que eso: es una representación visual de nuestros problemas y situaciones de la vida. Las películas a lo largo del tiempo, me han enseñado tanto como lo hicieron mis profesores y catedráticos. Y hoy, estoy plenamente convencido de que una palabra, una imagen, un gesto o una simple escena vista en el cine puede ser suficiente para encontrar una clave que nos ayude a resolver nuestros propios problemas, incluyendo los más agobiantes. Hoy, la gente se divierte tanto como la gente lo hacía hace 20 años. La diferencia, sin embargo, es abismal: la calidad de la diversión. La gente se entretenía, se divertía y al mismo tiempo aprendía. En nuestra “vida moderna”, las personas pasan las horas en frente de un teléfono inteligente pasando de un sitio web a otro sin ni siquiera saber el porqué ni saber tampoco lo que están buscando.

     Al llegar a la casa esa noche en la cama, tuve una sensación agridulce, una mezcla de alegría y tristeza: alegría por la forma como soy y tristeza por la dirección en la que va el mundo.

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Lecciones de la vida: la lección del ajedrez

30 agosto, 2016

Por Eddy Montilla.

CHESS

Mi padre me enseñó a jugar al ajedrez a una edad tan temprana que ni siquiera recuerdo el justo momento. Desde entonces, he aprendido muchísimas cosas de este increíble juego que es a la vez arte y también ciencia, cosas que muy bien pueden aplicarse a la vida diaria. Por ejemplo, he aprendido a ser paciente, a no forzar la situación y esperar hasta que llegue el mejor momento para ir hacia adelante. He aprendido a moverme acorde con las circunstancias, a buscar la mejor respuesta analizando todas mis posibilidades.

En ajedrez, dependiendo del número de victorias y derrotas, cada jugador tiene una puntuación que lo coloca en una determinada categoría. En mi caso, pienso que soy un jugador mínimamente más arriba de lo promedio (clase B, categoría 2). La semana pasada, estuve jugando al ajedrez por Internet y cada vez que mi oponente tenía una puntuación inferior a la mía, me sentía como un león de la selva rugiendo amenazante como señal de dominio de mi territorio. Sin embargo, y pese a mi frecuente optimismo, cuando mi oponente tenía una puntuación mayor, me sentía como un perrito con el rabo entre las piernas.

Últimamente, he estado tratando algo diferente: oculto el nombre, la nacionalidad, y sobre todo, la puntuación de mi oponente y solo dejo a mi vista el tablero de ajedrez. Miren qué cosa más curiosa: he llegado a ganar hasta cinco partidas de ajedrez consecutivamente. Hoy, para mi gran sorpresa, cuando vi mi puntuación, noté que estaba en 1967, es decir, clase A, y hasta pude derrotar (no me pregunten cómo) a dos jugadores de más de 2000 puntos, es decir, jugadores con el título de expertos. Ahora, jugar en contra de ellos no me llena más de miedo. Y esa fue la gran lección que aprendí del ajedrez:

Usted no se imagina lo que es capaz de hacer, cuán lejos puede llegar una vez que gana confianza en sí mismo y pierde el miedo. Hasta ahora, creo haber escrito más de mil historias sobre diferentes temas, y sin duda, esta es la más aburrida (no tiene que recordármelo), pero al mismo tiempo, es la que tiene más autoridad para hablar, pues fue probada por mí mismo y los resultados son ostensibles. Controla tu miedo, gana confianza en ti mismo y verás como muchas cosas que antes parecían imposibles, estarán de repente jugando en tus manos.

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