Últimos poemas de amor: entre el amor y la amistad

22 julio, 2017

Por Eddy Montilla.

Si algún día la vez, no le digas nada.

El silencio desnudo siempre ha demostrado

que puede ser tan fuerte como la palabra.

Solo sonríe, con toda tu calma

y así entenderá cómo es la soledad,

cómo puede llegar a horadar el alma.

Háblale de todo, pero no le digas nada.

Ha pasado mucho tiempo,

y el tiempo, todo lo delata.

Háblale de todo, no le digas nada.

De cómo he estado,

de si río o si lloro, si lloro o río,

si todavía salgo por las noches

a dar esas largas caminatas,

ni una sola palabra.

De cómo estoy viviendo o qué estoy haciendo,

si pienso y vivo en el pasado

o si por fin ya lo enterrado,

si sigo bromeando como antes lo hacía

para disimular mi corazón taciturno,

si sigo escribiendo estos tristes poemas,

no le digas nada, por favor, no le digas nada

porque el viento se lleva las hojas secas,

mas las hojas secas también se llevan el viento.

Si algún día la ves, no le enseñes nada,

ni fotos ni vídeos ni viajes ni andanzas

ni regalos ni rumores que mueren con el alba.

Evocar recuerdos, cultivar nostalgias

de ninguna manera aumentan la esperanza.

Hoy, a esta etapa de mi vida,

ya dejo esas cosas para esas “noches de entierro”:

la habitación a media luz…

Jamón Serrano, queso Manchego

y un buen vino tinto que alimente el recuerdo.

Si algún día la vez, párate, pero no te detengas.

Si tú la querías por fuera; yo la quería por dentro.

Yo amaba su alma; tú amabas su cuerpo.

Somos amigos, somos como hermanos,

Los dos la quisimos. Ninguno la tuvo

Los dos perdimos, los dos la olvidamos.

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El infierno solo dura 20 años (última parte)

6 mayo, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado de Historias reales que parecen cuentos).

Chris se pasó la mano lentamente por la cabeza y terminó cubriéndose la boca. Movía los ojos de un lugar a otro en señal de cálculo e incredulidad: terminó sin calcular nada y creyéndolo todo. En el regreso, los dos estaban física y emocionalmente separados.

“Desde aquí, me voy sola. La cena estuvo muy rica. Me divertí mucho”. Dijo y luego se marchó.

Chris se quedó clavado en la acera, mirando como ella se hacía cada vez más pequeña hasta perderse en la oscuridad de la noche. Estuvo allí, sin saber qué pensar ni hacer, indiferente a la hora y a la nieve que empezaba a caer, indiferente a su alrededor y más allá. Tiempo después, ya en su casa, se echó en la cama sin poder conciliar el sueño. Lo que más le preocupaba no era su acción, sino cómo borrar de su mente esa triste imagen de Erika y de sus 20 años de forzada abstinencia.

“¿Cómo pudo su esposo sentenciarla a algo así y por una razón así? ¿cuántas otras Erikas están viviendo en este lugar?” Se preguntaba a sí mismo.

Los siguientes días fueron largos y confusos, así que decidió hacer un viaje para meditar un poco y, sobre todo, porque las malas experiencias se vuelven más traumáticas cuando estamos cerca. En la estación, su paciencia se puso a prueba al no poder leer la forma de comprar el billete. Chris era bueno controlando sus emociones, pero no disimulándolas. Por eso, no fue difícil saber lo que le pasaba. La persona detrás, en un inglés poco espontáneo, pero correcto, le ofreció ayuda.

“¡Usted habla muy bien!”

“Gracias, pero ya sabe que nosotros no podemos hablar inglés, Chris. Soy psicólogo. Por cierto, mi mujer me dijo que los estudiantes se divirtieron mucho en la fiesta el otro día”.

“¿Por qué sabe mi nombre? ¿Y si es el mari…? No. Él dijo: “los estudiantes”.

Chris se sintió seguro y respiró aliviado. Se despidió entre el ruido de los trenes y se dirigió a su andén.

“¡Gracias por ayudar a Erika con su inglés!” Le gritó el hombre desde lejos.

Fue entonces cuando quedó petrificado con el pie derecho en el suelo y el izquierdo tendido en el aire, como los flamencos que huyen del frío. Chris miró al cielo, volvió donde estaba el marido de Erika y le estrecho las manos dejándole al mismo tiempo el billete de tren.

“Regreso a San Antonio”. le dijo, y se alejó lentamente, con las manos en los bolsillos y la misma tranquilidad con la que cantan los pájaros al amanecer, mientras el marido de Erika quedaba por segundos anonadado sin entender nada.

Chris, “¿tiene algún problema? Soy psicólogo, ¿recuerda? ¿puedo ayudarle en algo? ¡Chris さん(san), Chris さん(san)!”

Chris se dio vuelta y le dijo: “hágame un favor. Con ese billete, vaya a consultar a un doctor, a algún psicólogo colega suyo, pero eso sí, más normal que usted y no olvide preguntarle: “doctor, ¿qué es el infierno, 20 años sin hacer el amor cuando se es joven o los veinte años después cuando uno se da cuenta que ya no puede hacer nada?”

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El infierno solo dura 20 años (penúltima parte)

29 abril, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado de Historias reales que parecen cuentos).

“Ya es un poco tarde para ti. Me imagino que tu esposo debe estar esperándote, así que voy a…”

“Hoy no.” Le interrumpió Erika. “Él fue a una conferencia y regresa mañana. No tuve que preparar la cena ni nada”. Dijo sin poder disimular su alegría.

Eso les permitió a ambos extender la conversación hasta el límite de la ruptura, ese que llega cuando el silencio se vuelve intervalos largos indicando que ya es hora de marcharse. En el segundo bar, Chris ganó la batalla de cortesía y pagó la cuenta. Al salir de allí, no había un alma (ni buena ni mala) en la calle. Sin duda, el frío de aquella noche y la hora habían hecho muy bien su trabajo. A pesar de eso, Erika condujo a Chris por los callejones más estrechos y recónditos tratando de alargar su mejor noche en varios años, para que no muriese allí, frente al bar. El silencio empezó a convertirse rápidamente en su enemigo. El viento gélido que soplaba producía un sonido misterioso que daba al estrecho lugar un aspecto fantasmagórico.

¡Pan!

Se escuchó el sonido estruendoso de un tablón de anuncios derrumbado por el viento. Ambos miraron atrás, pero antes de que pudieran entender lo que estaba pasando, salió de repente un gato callejero, grande y gris, maullando como un loco desde la oscuridad. No hubo tiempo para pensar y Erika simplemente hizo lo que muchas mujeres hacen en ese caso: le asió rápidamente de un brazo. Después del susto y comprendido lo sucedido, se rieron tontamente. Luego, ellos hicieron lo que casi nunca se hace: caminar asidos.

“Un momento. No entiendo nada de esto.” Se dijo a sí mismo.

En otras circunstancias, en su país, por ejemplo, hubiera sido menos difícil entender la situación, pero allí todo le parecía un nudo gordiano. Caminaron en silencio y solo cuando llegaron al final del callejón, se dieron cuenta de que no había otro camino de regreso más que el mismo que lo llevó a ese lugar. Así mismo se sentía él: en un callejón sin salida. Fue entonces cuando lo improbable se hizo realidad. Él, que siempre pesaba todo en la báscula de la razón, no pudo aguantar más y se rompió. Decidió por primera vez en su vida sentir el inescrutable éxtasis de apostar a la suerte. ¿Y saben qué? Chris ganó: Él la besó.

“No hizo ni dijo nada. ¿Y ahora qué hago? ¿decir lo siento? No, no puedo. Eso me traería más problemas que soluciones. Su instinto femenino le haría pensar que fue solo un capricho y su orgullo de mujer quedaría herido, y cuando eso pasa, es cuando la guerra realmente comienza. No tengo otra opción; hay que continuar con lo que ya he empezado”. Pensó.

Pero esta vez, tanto Chris como su pensamiento lógico fallaron.

“No, Chris, eso no está bien. Además, ya se me ha olvidado cómo se hace eso”.

“Estás exagerando, Erika, besar es algo que la gente no olvida, mucho menos en un par de días”. Dijo mientras pensaba cómo salir de la engorrosa situación en la que él mismo se había metido.

“¿Y en 20 años?” Erika le preguntó con una serenidad pasmosa. “Cuando mi esposo supo que yo no podía tener hijos, me dijo que hacer el amor ya no tenía sentido. Desde entonces, ya han pasado 20 años, Chris, 20 años… (CONTINUARÁ)

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El Infierno solo dura 20 años (parte 2)

21 abril, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado de Historias reales que parecen cuentos).

Erika empezó a explicarle a Chris la historia de la taberna y el porqué de su fama. Le enseñaba en los cuadros las luces que usaban los pescadores  para atraer los calamares desde épocas antiguas, las embarcaciones y las supersticiones que siempre rodean el trabajo del mar. Entre una explicación y la otra apenas pasaron un par de minutos, y eso fue todo lo que ella necesitó para tomarse su primera cerveza.

“Ojisashiburi! (¡Cuánto sin tiempo sin hacer esto!)”. Dijo dando un lento suspiro de alivio.

Erika hablaba más de lo habitual, y habitualmente, ella solo hablaba lo necesario. Por eso, Chris lo notó. Y su última frase, junto a los sutiles ademanes que siguieron, fotografió mejor la situación. Entonces pudo ver más claramente por qué fue invitado a cenar esa noche: era una forma de ella poder invitarse a sí misma. Chris continuó escuchándola cortésmente, mostrando un pseudointerés en su explicación cuando en realidad su corazón y mente estaban lejos de allí. ¿Dónde? No lo sé, pero tal vez cerca de su pueblo natal. Terminado un tema, empezaba otro; lo mismo sucedía con la jarra de cerveza.

“¡Ya es hora de cambiar!”

“¿De asiento? Le preguntó Chris. “¡Pero si todos están ocupados!”

“¡No, de bar!” Le dijo con una tierna mirada y sonrisa en sus labios por la inocencia que se veía en Chris al no conocer aquella cultura.

“Si no te gusta la comida aquí lo entiendo perfectamente”. Dijo en voz baja temiendo que la abuela, que con frecuencia los miraba, pudiera entender lo que ellos estaban hablando.

“No, no es eso. Yo como de todo, Chris, y creo que las otras personas aquí también. Mira sus tazones de arroz, no hay ni un grano. Si hay cosas que no puedes comer, dirán que recibiste mala educación. Así es aquí, Chris”. Dijo Erika mostrando un orgullo mal disimulado por su cultura y explicación. “Es solo que cambiar de bar es una tradición”. Chris asintió con la cabeza y disintió con el corazón, pues para él, si hay artistas que nos gustan y otros que no, personas que amamos y otras que detestamos, ¿por qué no puede pasar lo mismo con la comida?

Ambos celebraban la fiesta de fin de año llamada allí bounenkai (“la fiesta para olvidar”). Con esta se quieren olvidar todos los problemas que hubo durante el año y empezar así desde cero el siguiente. Aunque era una fiesta, Chris se sentía intranquilo y tenía que esforzarse para disimularlo. Al fin y al cabo, ¿cómo pudo una actividad planeada para doce personas terminar convirtiéndose en un encuentro entre dos?

Al terminar la cena, él insistió en pagar la cuenta, pero Erika le hizo ver la falta de sentido de su generosidad, pues irían a por lo menos dos lugares más. Así que acordaron pagar a escote y marcharse a otra taberna. Minutos después, llegaron a un lugar repleto de bares contiguos, tan similares en su aspecto externo que Chris llegó a preguntarse para qué era necesario haber más de uno. Era un sitio dividido en estrechos callejones medio iluminado por la luz de luna. El resto provenía de las linternas colgadas en el frente de las tabernas, lo cual creaba un ambiente de semioscuridad en el que podía verse cualquier cosa siempre y cuando uno se abriera a la imaginación. Tal vez fue por eso que a Chris le atrajo más por fuera que por dentro, pues lo que sucedió en el interior del segundo bar no varió mucho con respecto al primero. Por eso, el final estaba supuesto a llegar ahí, después de decir: “Me divertí mucho. Gracias por todo”. Pero, ¿por qué no ocurrió así? ¿Acaso fue la última pregunta de él o tal vez la reacción de ella al final? Mirando las cosas desde el centro, hoy creo que fue una suma de todo, una resta de nada. Y si necesitan indefectiblemente un culpable, pienso que la culpa es del gato. Sí, del gato. CONTINUARÁ…

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El infierno solo dura 20 años (parte 1)

6 abril, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado de Historias reales que parecen cuentos).

“Carne de caballo”, dijo la señora, señalando la comida sobre el mostrador con su mano frágil y arrugada. Entonces, se pudo ver en su rostro un extraño contraste entre el orgullo que sentía por su plato y el asombro por la presencia de aquel inusitado cliente.

“¿Qué estoy haciendo aquí?” Pensó.

¿A qué se refería, a la tasca donde estaba o al apartado lugar donde había parado a llegar?

Era una noche ventosa y hacía un frío infernal. La tasca era pequeña y vieja. Las paredes de madera recordaban con su mustio color las cicatrices que nos deja el paso del tiempo. En el centro, una antiquísima estufa calentaba el interior de la taberna, pero los clientes, la mayoría de ellos pescadores de calamares, preferían el calor del sake que circulaba por sus gargantas.

La hija y, sobre todo, la nieta de aquella señora eran las encargadas de servir las comidas y el alcohol. La chica tenía el pelo largo y negro, labios carnosos y curvas pronunciadas que no podían ser vistas, sino imaginadas. Ella no era sexy: era hermosa. Pero lo que más resaltaba era su mirada, una mirada profunda que a veces dirigía hacia el techo o los lados para esquivar las indiscretas miradas de aquellos viejos pescadores que, con la bebida y la imaginación, soñaban el mejor de los sueños: algo bello, pero imposible.

“La extrañas mucho, ¿verdad?” Le preguntó Erika.

“Eso no es un problema”. Respondió Chris.

Y no mentía. Él siempre pensaba lógicamente y con precaución, y ese tipo de personas ni ama ni extraña cien por cien. Por un momento, prefirió dedicarse a observar minuciosamente los pequeños detalles: los liliputienses platos en los que se servían las comidas, la tradicional cortina colgando sobre una vara de bambú en la puerta con el nombre de la taberna para indicar que el bar ya estaba abierto, un par de cuadros viejos en la pared y a la chica también, por supuesto, pero no con las mismas intenciones de aquellos pescadores. Él solo se preguntaba si algún día ella sería capaz de salir de ese lugar semianclado en el tiempo, escapar de ese círculo vicioso para tratar de irse a otro lugar y hacer otra cosa o simplemente se quedaría allí hasta el final de sus días, sirviendo bebidas y atendiendo clientes hasta convertirse en abuela como su abuela. CONTINUARÁ…

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Frase del día: Planificación

27 noviembre, 2016

Por Eddy Montilla.

PLAN

Una vida y trabajo planificados no resolverán de ningún modo todos tus problemas, pero sí los aligerarán porque lo contrario, es decir, la falta de planificación, es el principio del caos.


Frase del día: la felicidad y el dolor

1 septiembre, 2016

Por Eddy Montilla.

FELICIDAD-DOLOR

Los bellos y tristes momentos comparten algo en común: siempre mueren y siempre vuelven a nacer. Sin embargo, la gran diferencia entre ambos es que cuando muere un momento alegre, no siempre nace un dolor, pero cuando muere un dolor siempre nace una alegría como recompensa, una alegría que te dará más ánimo para vivir la vida. Si al leer la frase del día de hoy estás triste porque has perdido el trabajo, alguien importante en tu familia está enfermo o ha muerto o por cualquier otra razón, recuerda que los momentos felices mueren, pero así muere también el dolor. Simplemente sé paciente, sujétate fuerte y tarde o temprano tu dolor morirá para dar paso a un momento de felicidad.

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