No lo dejes entrar, Sarah, no lo dejes (última parte)

1 enero, 2018

Por Eddy Montilla.


(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos)

Robert subió a su habitación y encontró la gaveta de su escritorio abierta sin la única cosa que siempre estaba adentro: una pistola. Bajó rápidamente las escaleras saltando los peldaños de dos en dos y se quedó parado a solo unos metros del dintel de la puerta frontal sin poder moverse luego de ver marcas de lodo sobre las piedras blancas del jardín que se resistían a ser borradas por la lluvia y que apuntaban hacia la casa de Ramón. Su corazón gritó su nombre: “¡Sarah!”, mas no sus labios.

“Si Sarah lo mató, debió haber estado aquí esperando por mí y si no está aquí es porque o los dos están muertos o solamente uno: ¡Sarah!”.

Robert entró en la casa nuevamente, se dirigió a la cocina y tomó el cuchillo más grande que encontró. Luego, fue caminando despacio hacia la casa de Ramón pisando el césped y atravesando su propio jardín. El sonido de la lluvia enmudecía el de sus pasos. La puerta trasera estaba abierta. Robert se quitó las botas en frente de esta y entró sigilosamente en la humilde casa, cuchillo en mano, pasando por la cocina hasta llegar a la habitación de Ramón desde donde se oían gritos cortos de su mujer. Robert apretó fuerte el cuchillo, luego abrió impetuosamente la puerta y vio a Ramón llevando… llevando sobre su cabeza la ropa interior negra de su mujer en vez de su clásico sombrero de fieltro. Robert soltó el cuchillo para luego quedarse petrificado e incrédulo ante lo único cierto. Ramón se cubrió frente a Robert lo que no se cubrió frente a Sarah el primer día. Después, como si fuera una reproducción mal elaborada del Génesis de Adán y Eva, Ramón le dijo a Roberto:

“Yo no la llamé. Ella fue que vino”.

Y Sarah, por su parte, le dijo:

“Él se me metió en la cabeza, Robert, se me metió en la cabeza”.

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No lo dejes entrar, Sarah, no lo dejes (penúltima parte)

31 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.


(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos)

“¿No le dice el sentido común que ese humo molesta?”

“Sí”, respondió Ramón, “pero detrás de cada molestia hay siempre algo bueno, señora. Mire”, le dijo, y removió rápidamente las hojas dejando ver tres batatas que empezaban a asarse.

“Ya que está aquí, espere un poquito para que se lleve una para su esposo y usted”. Le dijo Ramón con su característica sonrisa.

“¡No, gracias! ¡Con que ese humo no llegue a mi casa ya es suficiente!” Le gritó Sarah y, antes de que Ramón pudiera decirle algo más, ya ella estaba caminando por las piedras blancas y redondas que había en su jardín para no pisar el césped, de vuelta a su casa.

“Debe de tener el cerebro lleno de hojas secas alimentándose solo de batatas”. Dijo entre dientes.

En la noche, Sarah le contó a su marido lo del humo; y la noche siguiente, sobre el ruido al cortar los troncos, luego su canto horrible mientras trabajaba y así, con la llegada de cada día, venía una queja cada noche. Cuando llegó el único día de descanso de Robert, su esposa le pidió que fuera a hablar con Ramón. En ese momento, igual que antes, se levantó un poco de humo desde su casa. Ese día, para Sarah, fue quizás el peor de todos los que había vivido, pues Robert salió con rostro muy serio hacia donde Ramón y luego de hablar unos treinta minutos con él, regresó sonriendo y con una batata en la mano.

“¡Maldigo el día que vine a esta casa!” Dijo Sarah.

“Ese hombre es un simple campesino que, a decir verdad, es muy amable. No te pido que seas su amigo, pero tampoco veo razón para tanto odio. Si no lo aceptas como vecino, al menos no lo dejes entrar en tu cabeza, Sarah”.

Para eso, ya era demasiado tarde. A ella ya le molestaba el más mínimo movimiento de Ramón y para saber mejor cada uno de ellos, colocó su sillón mirando hacia el campo de él y pasaba las horas observándolo desde allí. Una mañana, antes de Robert salir para su trabajo, Sarah lo miró con los ojos fijos en él y una expresión colérica.

“Ese hombre me está volviendo loca, Robert. Habla con él o no respondo de lo que yo pueda hacer”.

En sus más de 15 años de matrimonio, Robert no había visto a Sarah tan furiosa.

“La mujer enamorada piensa tonterías, la mujer celosa hace tonterías, pero de una mujer furiosa nadie puede saber ni lo que piensa ni lo que puede llegar a hacer. Más vale que haga algo porque esta situación está llegando a un punto crítico”. Pensó.

“El domingo sin falta hablaré con él otra vez. Hasta entonces, recuerda lo que te he dicho, Sarah: No lo dejes entrar en tu cabeza”. Y se marchó a su trabajo.

Ramón empezó su día de trabajo en el campo muy temprano, igual que siempre. Después de unas horas, a eso de las once, de repente paró de cosechar sus pimientos, miró al cielo, se quitó la camisa y empezó a lavarla junto a otras que tenía en un canasto viejo.

Ramón no entraba en la categoría de hombre guapo, pero tenía una sonrisa amable y atractiva, en parte, por la hermosa blancura de sus dientes. Su cuerpo no era musculoso tampoco, pero los contornos de su figura estaban bien delineados haciendo de él un hombre bien moldeado, como obra de las manos de un buen escultor. Tenía unos veintiséis años, yo pienso, si bien con los golpes de la vida aparentaba unos treinta. Nunca se casó ni tuvo hijos por una sola razón: en toda su vida, amó solo a una mujer, y la amó de veras, con todo su corazón hasta un punto que en vez de poner límites a la pasión, se los puso a la cordura. Y ella, ella era demasiado bella y presuntuosa como para decirle que “sí” y él, él era demasiado ingenuo como para entender su “no”.

“Mi esposa son las flores y mis hijos son sus frutos”. Decía siempre a todo el que le preguntaba si tenía familia.

“¿Y es que usted no siente respeto por la otra persona andando sin camisa de un lado a otro?” Le gritó Sarah furiosa.

Ramón, como tantas veces lo había hecho, le sonrió antes que nada poniéndose la mano sobre el sombrero y luego le respondió: “¿Puede ver aquellas nubes grises allá, en el oeste? Eso quiere decir que sin duda va a llover. Por eso, ahora estoy aprovechando para lavar mis camisas. Si usted va a lavar también, le recomiendo que comience ahora porque me imagino que su marido y usted sí que deben tener mucha ropa”.

Sarah siempre explotaba con cada acción de Ramón en tanto que este siempre se mostraba tranquilo y alegre. Eso, en el fondo, más que sus inoportunidades, era lo que realmente más le molestaba. Ella pasó toda la mañana sentada con Ramón metido en la cabeza y, tal como este había pronosticado, empezó a llover, y a cántaros. A las 5:20 p. m. de la tarde, Robert regresó del trabajo, inusualmente temprano, pues al fin y al cabo, una lluvia torrencial es el peor enemigo del trabajo en una presa. Robert abrió la puerta, saludó y su saludo no encontró respuesta. Fue entonces cuando recordó las palabras de su esposa:

“Ese hombre me está volviendo loca. Habla con él, Robert, o no respondo de lo que yo pueda hacer”. (CONTINUARÁ…)

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No lo dejes entrar, Sarah, no lo dejes (segunda parte)

30 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.


(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos)

Sarah esperó hasta que Robert saboreara el último sorbo de vino para contarle lo sucedido.

“Tal vez no pudo soportar hasta llegar al baño para orinar”. Dijo Robert.

“¡Ni siquiera lo conoces aún y ya estás a favor del otro partido! Créeme, ese hombre es un salvaje. Yo te lo había dicho antes, no debimos mudarnos aquí”.

“¿Y qué querías? ¿qué viajara cuatro horas todos los días desde la ciudad hasta este campo?”

“¿No podríamos al menos subir la pared de nuestro patio tres metros para no tener que ver a ese maleducado troglodita?” Preguntó Sarah.

“No es nuestro patio, Sarah. Esta casa es de la empresa. Entiéndelo, por favor, y trata de ser un poco más tolerante. Solo estaremos aquí seis meses hasta que termine de reparar la presa. Mira, viviendo en esta casa, podremos ahorrar mucho dinero e irnos de vacaciones a cualquier lugar lujoso que desees. Solo seis meses, querida, solo seis meses”.

La idea de unas vacaciones lujosas apaciguó la ira que reinaba en el corazón de Sarah. Se imaginó caminando en una noche de verano por una de esas históricas y semiluminadas calles de Toledo y viendo las pinturas negras de Goya o tomando un café en una terraza parisina y contemplando los cuadros impresionistas de Monet. Y para ser justo con quien pagaría todo, iría a uno de esos viñedos de Barolo en Italia, algo que sin duda alegraría mucho a su esposo. Finalmente, terminaría su viaje en Venecia, bajo el embrujador canto de un gondolero.

“Bueno, pensando en esas muy merecidas vacaciones, valdría la pena soportar a ese animal”. Se dijo a sí misma.

“Bueno, buscaré la forma de soportar a ese irreverente vecino”. Le dijo a su esposo.

“Gracias, Sarah. Y recuerda: No lo dejes que entre en tu cabeza. Y ahora me voy a dormir, que mañana me espera otro día largo de trabajo”.

La mañana siguiente, Robert salió temprano, como de costumbre y Sarah volvió a pensar sobre su viaje a Europa. Todo estaba tan tranquilo en la casa que el silencio, después de ser al principio el compañero que trae paz, terminó siendo al final un atormentador. Por eso abrió las ventanas esperando escuchar el sonido de algún pájaro o al menos el del viento. Pero a la casa no entró sonido, sino humo. Sí, un humo que recorrió toda la sala y amenazaba con extenderse más allá. Teniendo solo un vecino cercano, no era, pues, difícil adivinar de dónde provenía.

“¿Y ahora que estará haciendo ese hijo de la madre ignorancia y del padre semental?” Dijo Sarah y miró hacia el campo de Ramón donde estaba él quemando unas hojas y ramas secas. Se levantó dando un suspiro y fue al mismo lugar de donde solo el día anterior había salido como serpiente ofendida. (CONTINUARÁ…)

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No lo dejes entrar, Sarah, no lo dejes (primera parte)

29 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos)

“¿Pero ha perdido el juicio? ¿Qué está haciendo ahí?”

“¿Yo? Pues lo que usted misma está mirando”. Respondió él muy naturalmente. “Estoy cristianizando este árbol con el agua amarilla que sale de mi propia fuente”.

“Y además de irreverente, es usted sacrílego”. Dijo la mujer mientras veía atónita la acción de aquel hombre. Él, por su parte, no respondió nada y sin pudor alguno dedicó su cuerpo y mente a terminar lo que había empezado. Luego se subió los pantalones y se acercó al muro de unos treinta centímetros que separaba los patios de ambas casas, le extendió la mano “limpia” derecha y le dijo: “Me llamo Ramón, mucho gusto”.

“Primero saque su brazo de esta propiedad y segundo prefiero estar muerta antes de tocar a un bárbaro e inmoral como usted”. Y para alejarse más rápidamente de él y del incidente también, sujetó la falda fina y larga que le llegaba hasta los pies para protegerse del ardiente sol que arropaba su primera mañana en aquel lugar, levantó un poco el ruedo y volvió caminando a toda prisa al interior de su casa.

“Mi viejo tenía razón”. Dijo Ramón. “Al pobre nadie lo quiere y al rico nadie lo entiende”.

Ramón olvidó lo sucedido (igual de rápido que la gente olvida sus compromisos) y se dispuso a trabajar en su patio y campo a la vez. Llevaba un sombrero de fieltro, botas de piel gruesa, pantalones vaqueros con un cinturón muy ancho y una camisa manga corta estampada. El trabajo del campo nunca lo cansaba, pero sí algunos recuerdos que venían a su mente de cuando en vez. Por eso, de vez en cuando, hacía una pausa para descansar su cabeza en vez del cuerpo. Así pues, después de un par de horas, allí estaba Ramón, sentado sobre una extraña y gran piedra en forma de cráneo agujereada por doquier, contemplando sus judías que empezaban a florecer, sus pimientos verdes que ya se podían comer y, sobre todo, su trigal.

“La ciudad da dinero”, dijo, “pero el campo da la vida y paz”.

La mujer, sentada también, pero en un cómodo sillón europeo, merendaba té inglés con galletas sin poder olvidar lo sucedido.

“Así vive el vulgo”. Pensó. Y estuvo todo el día dentro de la casa mirando a veces hacia afuera, en dirección al campo de Ramón. Pasó el tiempo y la noche llegó, pero no su esposo. Cenó primero, como de costumbre, y luego se dio un baño de espuma y esperó en la sala hasta oír el anhelado sonido del timbre. Su marido entró entonces en la casa, pasadas las diez, dando pasos hacia los lados en vez del frente en señal de cansancio.

“Te he estado esperando todo el día, Robert. ¡No vas a creerme cuando te diga la desgracia que me ha pasado! Esta maña…”

“Ahora no, Sarah, ahora no”. La interrumpió el marido. “Todo lo que quieras después del baño y la cena, pero por favor, ahora no”. Le dijo como quien está ya muy acostumbrado a ver las mismas escenas con diferentes historias. Sarah calló inmediatamente y fue derecho a preparar el baño. Colocó un par de toallas blancas y ropa ligera de estar en casa. Luego calentó la cena y la puso sobre la mesa junto a una copa muy fina a medio llenar de un vino tinto bien balanceado al paladar con profundo aroma y terminación placentera que lo acercaban a lo perfecto.

Sarah también se había acostumbrado a los dictámenes de su marido de la misma forma que él a sus historias y caprichos, lo cual no indica nada bueno porque cuando en el matrimonio reina la costumbre, este o se rompe o dura para toda la vida, pero sin amor. En ambos casos significa lo mismo: el principio del final. (CONTINUARÁ…)

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Del sueño a la libertad (última parte)

9 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos).

Víctor miró hacia el techo y notó que los ventiladores estaban justo arriba del mostrador eléctrico y de los empleados que trabajaban de pie en el centro. Por una de esas coincidencias de la vida, el orden de estos era exactamente el mismo que el de los envases de comida para llevar que él tenía ya casi listos y almacenados. Igual que antes, solo había que multiplicar por dos. Luego, esperó pacientemente hasta que el jefe estuviera a varios metros del centro de los ventiladores y, con la misma rapidez con que entraba la comida en los envases cada día, empezó a arrojarlos hacia arriba golpeando o bien el bajo techo o bien las aspas en el lado derecho o izquierdo para desgracia de uno solo y para suerte de otros. Ese día, carne guisada con salsa de tomate y pasta napolitana eran los platos principales. El resto no necesita mucha explicación, me imagino, pues no hubo lugar del jefe ni de su bello traje en donde no cayeran manchas mientras los demás trabajadores veían atónitos desde el centro, cual niños agrupados que buscan refugio, cómo las comidas para llevar se convertían en una lluvia de grasa y pasta al chocar con las aspas.

Víctor sacó de su vieja cartera el dinero que correspondía al precio de las comidas que le había lanzado indirectamente a su jefe y lo puso sobre el mostrador. Después de eso, dio una mirada a sus compañeros y a aquel lugar y empezó a alejarse lenta y serenamente, con las manos en los bolsillos. Nunca más se le volvió a ver ni en esa fábrica ni en esa ciudad ni en ese país.

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Del sueño a la libertad (penúltima parte)

2 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos).

Ya había caído la tarde, más no pasaba lo mismo con la temperatura. De ahí el sudor de Víctor. El calor era tan insoportable que los trabajadores no tenían ánimos ni siquiera de decir una palabra que pudiera romper la monotonía del trabajo. Simplemente continuaban trabajando, numerados y alineados como fichas blancas de dominós, pero sudando como potros negros galopando sin rumbo. Cinco ventiladores cubrían las apariencias de seguridad laboral mientras el sudor y sus rostros ponían al descubierto la terrible humedad del lugar.

Antes, solía escuchar y amaba una canción que hablaba sobre la amistad: “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Decía el estribillo de la canción. Hoy, daría la mitad de “mi reino de papel y de sueños” por ver a ese cantautor y preguntarle: ¿Y qué pasa cuando en vez de un amigo, se han ido todos? Llego a mi habitación casi al inicio de un nuevo día y no hay nunca una llamada. Enciendo mi viejo ordenador buscando un mensaje y no encuentro nada. Me he acostumbrado a tener que esperar 365 días para recibir una felicitación que, a mi edad, solo sirve para recordarme que me estoy poniendo viejo, al igual que los pocos que me felicitan ese día, con la gran diferencia de que ellos son más olvidadizos que yo, pues repiten las mismas frases cada año, como si usaran la función del “corte y pega” del ordenador.

Víctor cerró sus ojos para imaginar mejor cómo terminaría el último capítulo de su vida en aquel lugar, pero esta vez sin dejar de mover las manos. Segundos después, los abrió y no por los alaridos del jefe, a los cuales ya estaba bien acostumbrado, sino por los sollozos de un hombre muy mayor a quien vio salir por la puerta trasera de la fábrica. Desde ese momento, ya no pudo ni quiso pensar más. Si las lágrimas de una mujer conmueven, las de un hombre viejo parten el alma. Los demás, sin embargo, continuaban trabajando, asustados y tan callados que apenas se oía el sonido de las comidas entradas en los envases. Solo Víctor miraba fijamente el rostro de aquel hombre que dibujaba en su cara un extraño y grotesco paisaje donde se mezclaban la furia y la sorna a la vez.

Cuando el jefe sintió el peso y presentimiento interno que nos dicen que estamos siendo mirados, buscó quién era y sus ojos se encontraron con los de Víctor. Fue entonces cuando corrió rápidamente hacia él con la misma furia de un toro encerrado, pero esta vez, Víctor no tembló. Lo esperaba con las manos en los bolsillos, dando pasos muy serenamente. No olviden esto: cuando el desesperado camina sereno o el miedo se vuelve serenidad, algo grande siempre sucede. Y ese día, sucedió. (CONTINUARÁ…)

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Del sueño a la libertad (Parte 2)

5 noviembre, 2017

Por Eddy Montilla

(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos).

Quería ser escritor o periodista, en cualquier caso, sin grandes pretensiones. Hoy, ni siquiera letras escribo, solo números: cuántas comidas para llevar he preparado y cuántas me faltan por preparar para poder regresar a mi habitación, porque son precisamente los números y no las letras los que me garantizan mi subsistencia: menos de quince comidas por hora, me reducen mi ya de por sí miserable salario; menos de 10, pierdo este empleo que es mi condena mal disfrazada de salvación, mi Sísifo.

Víctor siguió pensando y, por un momento, alejó sus manos entumecidas de aquella mesa giratoria que ponía frente a sus ojos en pequeños intervalos de tiempo los envases y luego las diferentes comidas con las que debía llenarlos y empaquetarlos. Eran tantos los paquetes que preparaba y tan rutinario su trabajo que ya ni siquiera miraba los 10 números que le indicaban el orden de los pasos que tenía que seguir. Una lágrima, que no llegó a brotar por considerarla señal de inminente derrota (o tal vez por profundo orgullo varonil) se podía ver contenida en sus ojos la semana pasada cuando estaba ordenando algunas cosas en su estrecha habitación e hizo con sus manos el mismo recorrido rutinario que miles de veces ha hecho en el trabajo: la automatización había llegado a su cenit y también a su alma.

Respiró profundamente y repitió lo mismo: “Yo solo quería ser escritor sin grandes pretensiones o al menos un buen periodista. Solo eso quería ser”. Y luego se pasó suavemente el dedo índice izquierdo sobre cada uno de los callos de la mano derecha y, al multiplicarlos por dos, no necesitó usar el índice de la otra mano para la misma acción.

“De nan blosadi drepensus togoshi? (¿Por qué diablos has parado de trabajar?” Le preguntó el jefe con cara de perro buldog encadenado.

Víctor empezó a temblar de miedo por la pregunta y a sudar, pero por otra razón. Y no era para menos. Ni en el rostro ni en las palabras de su jefe se veía algún vestigio de sensibilidad humana. Su apetito voraz por lo banal y la avaricia se podía ver en lo caro e impecable que vestía, en los continuos ademanes que hacía para arreglarse la chaqueta de su traje y, sobre todo, en la forma constante como vigilaba a los trabajadores desde su oficina climatizada de la que solo salía para amonestar o para despedir a alguien.

“Perdón. Me está diciendo que siga trabajando, ¿verdad?” Le respondió Víctor, tratando de adivinar en su rostro lo que no entendía de sus palabras. Y luego, continuó pensando, pero esta vez con las manos en la mesa.

Cuando lo absurdo se vuelve convencional es cuando nos damos cuenta de que hay que hacer un cambio urgentemente o de que ya hemos fracasado en lo absoluto. Miren que absurdo: en esta fábrica no es necesario pensar, solo hay que mover las manos. Eso quiere decir que para este señor lo único de valor que yo tengo son mis 10 dedos, mis dos manos. (CONTINUARÁ…)

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