República Dominicana: diga el país “Adiós a las armas”, como Hemingway

4 noviembre, 2017

Por Eddy Montilla

En Estados Unidos, las muertes causadas por armas de fuego se han vuelto algo tan común que ya la sociedad norteamericana se ha acostumbrado a vivir con esa extraña situación como conejo y león en una misma jaula. Ni siquiera los más mortales tiroteos masivos, como el más reciente en Las Vegas donde Stephen Paddock mató a 58 personas, remueven los cimientos de la conciencia para buscar soluciones a tan trágico problema. Por el contrario, mientras mayor es la cantidad de sangre derramada, mayor es la posibilidad de que vuelvan ocurrir hechos similares porque el futuro asesino alimenta sus ansias de sangre con la idea de superar el número de víctimas de su predecesor.

Si pensamos en la frecuencia con que ocurren esas tragedias y la cantidad de personas asesinadas en la sociedad norteamericana, con el hecho de que nuestro país no esté en esas condiciones ni forme parte de la fúnebre lista de naciones en donde matar a un grupo de personas no es algo inusual podemos tener razones suficientes como para sentirnos alegres o cuando menos aliviados. Sin embargo, aunque parezca remota, no se debería cerrar los ojos a la posibilidad de que, dentro de los más de mil dominicanos que cada año son expulsados del territorio norteamericano y enviados al país o dentro de los millones que somos aquí, salga un sádico o enfermo queriendo imitar a los abominables. Pero ahora metamos el dedo en la llaga: nuestro mayor problema no es ese, sino que lo que no se hace en masa, se está haciendo a nivel individual, es decir, la suma de las muertes durante todo el año por armas de fuego arroja resultados peores.

Nosotros somos lentos en cuanto a ejecución, no por naturaleza, sino por mala costumbre, y esa lentitud nos ha costado desarrollo y muertes innecesarias. Por ejemplo, la antigua Ley 36 sobre el Comercio, Porte y la Tenencia de Armas de Fuego era tan vieja que en su tiempo de creación los centavos tenían valor y valía la pena, por tanto, inclinarse a recogerlos. Esa ley era sin duda eficaz para el momento en que fue creada, pero a medida que los sentimientos viles y el desenfreno aumentaron en la sociedad quedó obsoleta. El país necesitó más de 25 años, es decir, hoy, cuando ya ni siquiera los centavos se ven, para presentar un nuevo proyecto de ley con modificaciones en consonancia con la situación actual. Súmele a eso más de una década para que sea aprobado en el Congreso Nacional porque nuestros “heroicos guardianes de la ley” (dicho en tono irónico), los diputados y senadores, están demasiado ocupados pensando y trabajando en… su propia reelección. Durante todo ese tiempo, ¿cuántas madres perdieron a sus hijos y cuántos hijos perdieron a sus madres por armas de fuego?

Lo que pasa en cualquier parte del mundo puede pasar en todas partes de este. Si países como Japón, Corea del Sur, Reino Unido, Alemania y España están entre los que tienen el menor índice de muertes en el mundo por armas de fuego, no hay razón para que la República Dominicana no pueda encaminarse en esa misma dirección. Sabemos que lo ideal sería una sociedad dominicana sin armas, pero sabemos también que entre lo ideal y lo posible está la realidad y nuestra misma realidad nos dice que nuestro país tendrá primero que recorrer un largo trayecto antes de llegar a situaciones similares como las de los países mencionados anteriormente, pues eso requiere un mayor desarrollo económico y, sobre todo, educativo.

Actuemos en forma práctica por una sociedad dominicana sin armas. Hasta que se llegue al objetivo deseado, hay que poner más restricciones, y no solamente en cuanto a la edad de posesión y exigencia de requisitos como se ha hecho hasta ahora, sino también en cuanto al lugar de su posesión. En ese sentido, nuestra propuesta gira en torno a que se delimite la posesión de un arma a la casa donde vive el poseedor y, en caso de transporte, que este se haga en un recipiente bajo llave. Trabajemos en esa dirección para asegurarnos de que veremos a nuestros hijos crecer o de que nuestros hijos nos tendrán a su lado hasta envejecer.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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La República Dominicana: sol brillante y políticos de cera

23 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Desde la década de los sesenta, la República Dominicana ha visto a muchas personas ordenando y gobernando, pero solo ha tenido tres líderes que se pueden llamar a la vez políticos. El primero forjó su carácter con una mezcla de bondad y endeblez. Ya en los últimos años de su vida, la política dominicana se había convertido en una jungla, y en la jungla, ni los buenos ni los débiles sobreviven: así murió José Francisco Peña Gómez. El segundo, fue un gran teórico y visionario, muy a la vanguardia de sus contemporáneos. Por eso, fue malentendido, menospreciado y hasta subestimado. Me refiero al profesor Juan Bosch. Y el tercero era el más pragmático de los tres, lo cual explica por qué excedió en poder a los otros dos. Pero el poder sin límites y en demasía termina corrompiendo hasta a los más incólumes. Eso sucedió con Joaquín Balaguer quien pasó de disfrazado servidor de dictador en la era de Trujillo a convertirse en dictador disfrazado.

Lo que resulta contrastante de estos tres políticos en comparación con la generación que los sucedió es el desapego por lo material que ellos tuvieron. Peña Gómez y Bosch podrían ser muy bien tildados de caudillos; Balaguer, de pichón de dictador, pero no creo que puedan ser juzgados como desfalcadores del erario para provecho económico personal. Hoy, cuando se escucha el clamor resonante del pueblo, hastiado de tanta corrupción ante la expresión sórdida de sus gobernantes, hay que preguntarse: ¿dónde se ha fallado? Cuando se ve a la gente inventando nuevas formas de protestas como el Libro Verde por el Fin de la Impunidad, la Marcha Verde y otras tantas que con otros colores seguro vendrán, hay que preguntarse: ¿por qué se ha fallado?

El más reciente de los males salidos de la caja de Pandora dominicana en términos de corrupción fue el caso Odebrecht, quizás el peor caso de corrupción internacional conocido hasta ahora entre los países latinoamericanos, no solamente por la magnitud del dinero y países involucrados, sino también por su modalidad: fiestas con mujeres para políticos como forma de agradecimiento y/o extorsión, según publica un diario español a raíz de las declaraciones ofrecidas por Rodrigo Tacla, exempleado de la compañía Odebrecht. Eso debe servir como parámetro para evaluar la generación de políticos actuales. Y que no vengan con el cuento de haber pecado por ingenuidad, pues, ¿por qué dejaría una compañía tan grande como Odebrecht su sede en Brasil para venir a instalarse en un país tan pequeño como la República Dominicana? ¿para mostrar sus lazos de hermandad? A los tontos con tonterías.

La economía dominicana ha sido floreciente por casi dos décadas y lo único que se ha conseguido con eso es “una floreciente millonada de personas viviendo en la pobreza”. La República Dominicana necesita urgentemente un cambio de generación de políticos, algo que obviamente no es tan fácil, porque los que tradicionalmente han dirigido el pueblo (desde el gobierno o fuera de este) no están dispuestos a ceder su cuota de poder por pequeña o grande que sea. Ellos son “los políticos electricistas” que conglutinan seguidores y perpetúan su autoridad mediante conexiones basadas en dádivas que quebrantan pestañas.

El país tiene que crear una nueva generación de políticos, educados y, sobre todo, libres de pobreza mental y económica para que no se repita la misma historia de siempre: que el oprimido de ayer, una vez tomadas las riendas del poder, se convierte en el opresor de mañana. Los dominicanos ya han dado un paso al frente con sus protestas contra esos políticos de cera causantes de tantos males al pueblo dominicano y que se derriten cuando les da el calor que emana de la palabra honradez. Ahora, hay que dar el segundo paso: nuevos políticos para nuevos tiempos.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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