No lo dejes entrar, Sarah, no lo dejes (penúltima parte)

31 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.


(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos)

“¿No le dice el sentido común que ese humo molesta?”

“Sí”, respondió Ramón, “pero detrás de cada molestia hay siempre algo bueno, señora. Mire”, le dijo, y removió rápidamente las hojas dejando ver tres batatas que empezaban a asarse.

“Ya que está aquí, espere un poquito para que se lleve una para su esposo y usted”. Le dijo Ramón con su característica sonrisa.

“¡No, gracias! ¡Con que ese humo no llegue a mi casa ya es suficiente!” Le gritó Sarah y, antes de que Ramón pudiera decirle algo más, ya ella estaba caminando por las piedras blancas y redondas que había en su jardín para no pisar el césped, de vuelta a su casa.

“Debe de tener el cerebro lleno de hojas secas alimentándose solo de batatas”. Dijo entre dientes.

En la noche, Sarah le contó a su marido lo del humo; y la noche siguiente, sobre el ruido al cortar los troncos, luego su canto horrible mientras trabajaba y así, con la llegada de cada día, venía una queja cada noche. Cuando llegó el único día de descanso de Robert, su esposa le pidió que fuera a hablar con Ramón. En ese momento, igual que antes, se levantó un poco de humo desde su casa. Ese día, para Sarah, fue quizás el peor de todos los que había vivido, pues Robert salió con rostro muy serio hacia donde Ramón y luego de hablar unos treinta minutos con él, regresó sonriendo y con una batata en la mano.

“¡Maldigo el día que vine a esta casa!” Dijo Sarah.

“Ese hombre es un simple campesino que, a decir verdad, es muy amable. No te pido que seas su amigo, pero tampoco veo razón para tanto odio. Si no lo aceptas como vecino, al menos no lo dejes entrar en tu cabeza, Sarah”.

Para eso, ya era demasiado tarde. A ella ya le molestaba el más mínimo movimiento de Ramón y para saber mejor cada uno de ellos, colocó su sillón mirando hacia el campo de él y pasaba las horas observándolo desde allí. Una mañana, antes de Robert salir para su trabajo, Sarah lo miró con los ojos fijos en él y una expresión colérica.

“Ese hombre me está volviendo loca, Robert. Habla con él o no respondo de lo que yo pueda hacer”.

En sus más de 15 años de matrimonio, Robert no había visto a Sarah tan furiosa.

“La mujer enamorada piensa tonterías, la mujer celosa hace tonterías, pero de una mujer furiosa nadie puede saber ni lo que piensa ni lo que puede llegar a hacer. Más vale que haga algo porque esta situación está llegando a un punto crítico”. Pensó.

“El domingo sin falta hablaré con él otra vez. Hasta entonces, recuerda lo que te he dicho, Sarah: No lo dejes entrar en tu cabeza”. Y se marchó a su trabajo.

Ramón empezó su día de trabajo en el campo muy temprano, igual que siempre. Después de unas horas, a eso de las once, de repente paró de cosechar sus pimientos, miró al cielo, se quitó la camisa y empezó a lavarla junto a otras que tenía en un canasto viejo.

Ramón no entraba en la categoría de hombre guapo, pero tenía una sonrisa amable y atractiva, en parte, por la hermosa blancura de sus dientes. Su cuerpo no era musculoso tampoco, pero los contornos de su figura estaban bien delineados haciendo de él un hombre bien moldeado, como obra de las manos de un buen escultor. Tenía unos veintiséis años, yo pienso, si bien con los golpes de la vida aparentaba unos treinta. Nunca se casó ni tuvo hijos por una sola razón: en toda su vida, amó solo a una mujer, y la amó de veras, con todo su corazón hasta un punto que en vez de poner límites a la pasión, se los puso a la cordura. Y ella, ella era demasiado bella y presuntuosa como para decirle que “sí” y él, él era demasiado ingenuo como para entender su “no”.

“Mi esposa son las flores y mis hijos son sus frutos”. Decía siempre a todo el que le preguntaba si tenía familia.

“¿Y es que usted no siente respeto por la otra persona andando sin camisa de un lado a otro?” Le gritó Sarah furiosa.

Ramón, como tantas veces lo había hecho, le sonrió antes que nada poniéndose la mano sobre el sombrero y luego le respondió: “¿Puede ver aquellas nubes grises allá, en el oeste? Eso quiere decir que sin duda va a llover. Por eso, ahora estoy aprovechando para lavar mis camisas. Si usted va a lavar también, le recomiendo que comience ahora porque me imagino que su marido y usted sí que deben tener mucha ropa”.

Sarah siempre explotaba con cada acción de Ramón en tanto que este siempre se mostraba tranquilo y alegre. Eso, en el fondo, más que sus inoportunidades, era lo que realmente más le molestaba. Ella pasó toda la mañana sentada con Ramón metido en la cabeza y, tal como este había pronosticado, empezó a llover, y a cántaros. A las 5:20 p. m. de la tarde, Robert regresó del trabajo, inusualmente temprano, pues al fin y al cabo, una lluvia torrencial es el peor enemigo del trabajo en una presa. Robert abrió la puerta, saludó y su saludo no encontró respuesta. Fue entonces cuando recordó las palabras de su esposa:

“Ese hombre me está volviendo loca. Habla con él, Robert, o no respondo de lo que yo pueda hacer”. (CONTINUARÁ…)

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No lo dejes entrar, Sarah, no lo dejes (segunda parte)

30 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.


(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos)

Sarah esperó hasta que Robert saboreara el último sorbo de vino para contarle lo sucedido.

“Tal vez no pudo soportar hasta llegar al baño para orinar”. Dijo Robert.

“¡Ni siquiera lo conoces aún y ya estás a favor del otro partido! Créeme, ese hombre es un salvaje. Yo te lo había dicho antes, no debimos mudarnos aquí”.

“¿Y qué querías? ¿qué viajara cuatro horas todos los días desde la ciudad hasta este campo?”

“¿No podríamos al menos subir la pared de nuestro patio tres metros para no tener que ver a ese maleducado troglodita?” Preguntó Sarah.

“No es nuestro patio, Sarah. Esta casa es de la empresa. Entiéndelo, por favor, y trata de ser un poco más tolerante. Solo estaremos aquí seis meses hasta que termine de reparar la presa. Mira, viviendo en esta casa, podremos ahorrar mucho dinero e irnos de vacaciones a cualquier lugar lujoso que desees. Solo seis meses, querida, solo seis meses”.

La idea de unas vacaciones lujosas apaciguó la ira que reinaba en el corazón de Sarah. Se imaginó caminando en una noche de verano por una de esas históricas y semiluminadas calles de Toledo y viendo las pinturas negras de Goya o tomando un café en una terraza parisina y contemplando los cuadros impresionistas de Monet. Y para ser justo con quien pagaría todo, iría a uno de esos viñedos de Barolo en Italia, algo que sin duda alegraría mucho a su esposo. Finalmente, terminaría su viaje en Venecia, bajo el embrujador canto de un gondolero.

“Bueno, pensando en esas muy merecidas vacaciones, valdría la pena soportar a ese animal”. Se dijo a sí misma.

“Bueno, buscaré la forma de soportar a ese irreverente vecino”. Le dijo a su esposo.

“Gracias, Sarah. Y recuerda: No lo dejes que entre en tu cabeza. Y ahora me voy a dormir, que mañana me espera otro día largo de trabajo”.

La mañana siguiente, Robert salió temprano, como de costumbre y Sarah volvió a pensar sobre su viaje a Europa. Todo estaba tan tranquilo en la casa que el silencio, después de ser al principio el compañero que trae paz, terminó siendo al final un atormentador. Por eso abrió las ventanas esperando escuchar el sonido de algún pájaro o al menos el del viento. Pero a la casa no entró sonido, sino humo. Sí, un humo que recorrió toda la sala y amenazaba con extenderse más allá. Teniendo solo un vecino cercano, no era, pues, difícil adivinar de dónde provenía.

“¿Y ahora que estará haciendo ese hijo de la madre ignorancia y del padre semental?” Dijo Sarah y miró hacia el campo de Ramón donde estaba él quemando unas hojas y ramas secas. Se levantó dando un suspiro y fue al mismo lugar de donde solo el día anterior había salido como serpiente ofendida. (CONTINUARÁ…)

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No lo dejes entrar, Sarah, no lo dejes (primera parte)

29 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos)

“¿Pero ha perdido el juicio? ¿Qué está haciendo ahí?”

“¿Yo? Pues lo que usted misma está mirando”. Respondió él muy naturalmente. “Estoy cristianizando este árbol con el agua amarilla que sale de mi propia fuente”.

“Y además de irreverente, es usted sacrílego”. Dijo la mujer mientras veía atónita la acción de aquel hombre. Él, por su parte, no respondió nada y sin pudor alguno dedicó su cuerpo y mente a terminar lo que había empezado. Luego se subió los pantalones y se acercó al muro de unos treinta centímetros que separaba los patios de ambas casas, le extendió la mano “limpia” derecha y le dijo: “Me llamo Ramón, mucho gusto”.

“Primero saque su brazo de esta propiedad y segundo prefiero estar muerta antes de tocar a un bárbaro e inmoral como usted”. Y para alejarse más rápidamente de él y del incidente también, sujetó la falda fina y larga que le llegaba hasta los pies para protegerse del ardiente sol que arropaba su primera mañana en aquel lugar, levantó un poco el ruedo y volvió caminando a toda prisa al interior de su casa.

“Mi viejo tenía razón”. Dijo Ramón. “Al pobre nadie lo quiere y al rico nadie lo entiende”.

Ramón olvidó lo sucedido (igual de rápido que la gente olvida sus compromisos) y se dispuso a trabajar en su patio y campo a la vez. Llevaba un sombrero de fieltro, botas de piel gruesa, pantalones vaqueros con un cinturón muy ancho y una camisa manga corta estampada. El trabajo del campo nunca lo cansaba, pero sí algunos recuerdos que venían a su mente de cuando en vez. Por eso, de vez en cuando, hacía una pausa para descansar su cabeza en vez del cuerpo. Así pues, después de un par de horas, allí estaba Ramón, sentado sobre una extraña y gran piedra en forma de cráneo agujereada por doquier, contemplando sus judías que empezaban a florecer, sus pimientos verdes que ya se podían comer y, sobre todo, su trigal.

“La ciudad da dinero”, dijo, “pero el campo da la vida y paz”.

La mujer, sentada también, pero en un cómodo sillón europeo, merendaba té inglés con galletas sin poder olvidar lo sucedido.

“Así vive el vulgo”. Pensó. Y estuvo todo el día dentro de la casa mirando a veces hacia afuera, en dirección al campo de Ramón. Pasó el tiempo y la noche llegó, pero no su esposo. Cenó primero, como de costumbre, y luego se dio un baño de espuma y esperó en la sala hasta oír el anhelado sonido del timbre. Su marido entró entonces en la casa, pasadas las diez, dando pasos hacia los lados en vez del frente en señal de cansancio.

“Te he estado esperando todo el día, Robert. ¡No vas a creerme cuando te diga la desgracia que me ha pasado! Esta maña…”

“Ahora no, Sarah, ahora no”. La interrumpió el marido. “Todo lo que quieras después del baño y la cena, pero por favor, ahora no”. Le dijo como quien está ya muy acostumbrado a ver las mismas escenas con diferentes historias. Sarah calló inmediatamente y fue derecho a preparar el baño. Colocó un par de toallas blancas y ropa ligera de estar en casa. Luego calentó la cena y la puso sobre la mesa junto a una copa muy fina a medio llenar de un vino tinto bien balanceado al paladar con profundo aroma y terminación placentera que lo acercaban a lo perfecto.

Sarah también se había acostumbrado a los dictámenes de su marido de la misma forma que él a sus historias y caprichos, lo cual no indica nada bueno porque cuando en el matrimonio reina la costumbre, este o se rompe o dura para toda la vida, pero sin amor. En ambos casos significa lo mismo: el principio del final. (CONTINUARÁ…)

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Frase del día: la confianza

18 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

PAZ Y FELICIDAD

La confianza es la diferencia entre los vencedores y los vencidos, los exitosos y los fracasados. El que la tiene piensa que todo lo puede y, por eso, puede muchas cosas. El que no la tiene piensa que nada puede y, por eso, vive siempre en la nada.

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Hablemos de cine: Un don excepcional (2017) es excepcionalmente buena

10 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

Calificación: 8.6/10

Director: Marc Webb

Guión: Tom Flynn

Título original: Gifted (2017) (inglés)

Género: drama

MPAA PG-13 (Algunas escenas pueden ser inapropiadas para menores de 13 años. Se recomienda a los padres tener precaución).

Reparto principal: Mckenna Grace (como Mary Adler), Chris Evans (como Frank Adler), Lindsay Duncan (como Evelyn Adler) y Octavia Spencer (como Roberta Taylor)

Duración: 101 minutos

Luego de ver Un don excepcional (2017), reflexioné más sobre la vida misma que sobre el filme: “la fuerza de la costumbre”, pensé. Parece que últimamente, muchos críticos y el público que va al cine se han acostumbrado a ver tantas porquerías e idioteces que gradualmente han perdido la capacidad de diferenciar entre lo bueno y lo malo. Pienso que Un don excepcional (2017) puede ayudarles a entender la diferencia. Una bella melodía penetra poco a poco por nuestros oídos y nos hace sentir alegres y en paz. Una destentada niña de 7 años empieza una conversación aguda con su tío y tutor a la vez con un humor tan fino que uno empieza a dudar si se está en frente de un drama o de una de esas comedias geniales de Woody Allen como Annie Hall (1977). El resto es historia, pues ya sabemos que el filme es un manjar para ser degustado en 101 minutos.

Esta película fue hecha a puntadas tomando en cuenta todos los elementos básicos de un buen filme: buena selección de actores que se acoplan perfectamente a su papel y buenas escenas que hablan por sí mismas. Mckenna Grace (Mary Adler), Chris Evans (Frank Adler) y Lindsay Duncan (Evelyn Adler) hicieron un buen trabajo y Octavia Spencer (Roberta Taylor) se crece en cada película que hace. En cuanto a las escenas, las siluetas dibujadas (1) de Frank y Mary con el fondo de la puesta del sol (2) mientras Mary jugaba a escalar el cuerpo de su tío Frank, discutiendo ambos sobre la existencia de Dios (3) dan buenas pautas a los directores nóveles sobre cómo se pueden usar los clichés en forma creativa a través de la fusión de estos en una misma escena. Así fue como Marck Webb creó una imagen realmente tierna y humana. Algo similar se ve cuando están ambos juntos en la playa bajo la bella música de Cat Stevens. Ambas escenas, en mi opinión, reflejan la calidad de la película en términos de imágenes.

Pero sin duda lo que acopla las ideas anteriores para garantizar la calidad del filme en sentido general es el tema. Sobre prodigios se han hecho muchas películas, siendo Una mente maravillosa (2001) su mejor exponente. Un don excepcional (2017) no se centra en la dificultad de adaptación de Mary Adler como niña genio, sino en la búsqueda del balance de vida por parte de su tío Frank para ella luego de la mala experiencia que tuvo su hermana (madre de Mary) y a pesar de las desavenencias con su madre (Lindsay Duncan como Evelyn Adler).

Buena ejecución y balance conducen a una buena película sin necesidad de abultados presupuestos ni de los mejores actores. Un don excepcional (2017) es un buen ejemplo de ello. Y en tiempos en los que en la predilección y selección de las películas por parte del público lo que dominan son las explosiones, seres extraterrestres idiotas y malignos, las estupideces, sandeces y otros familiares, me pregunto si usted se convertirá en una excepción y verá Un don excepcional (2017).

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Del sueño a la libertad (última parte)

9 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos).

Víctor miró hacia el techo y notó que los ventiladores estaban justo arriba del mostrador eléctrico y de los empleados que trabajaban de pie en el centro. Por una de esas coincidencias de la vida, el orden de estos era exactamente el mismo que el de los envases de comida para llevar que él tenía ya casi listos y almacenados. Igual que antes, solo había que multiplicar por dos. Luego, esperó pacientemente hasta que el jefe estuviera a varios metros del centro de los ventiladores y, con la misma rapidez con que entraba la comida en los envases cada día, empezó a arrojarlos hacia arriba golpeando o bien el bajo techo o bien las aspas en el lado derecho o izquierdo para desgracia de uno solo y para suerte de otros. Ese día, carne guisada con salsa de tomate y pasta napolitana eran los platos principales. El resto no necesita mucha explicación, me imagino, pues no hubo lugar del jefe ni de su bello traje en donde no cayeran manchas mientras los demás trabajadores veían atónitos desde el centro, cual niños agrupados que buscan refugio, cómo las comidas para llevar se convertían en una lluvia de grasa y pasta al chocar con las aspas.

Víctor sacó de su vieja cartera el dinero que correspondía al precio de las comidas que le había lanzado indirectamente a su jefe y lo puso sobre el mostrador. Después de eso, dio una mirada a sus compañeros y a aquel lugar y empezó a alejarse lenta y serenamente, con las manos en los bolsillos. Nunca más se le volvió a ver ni en esa fábrica ni en esa ciudad ni en ese país.

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Rankings de esperanza de vida basados en la muerte. ¡Qué error!

3 diciembre, 2017

Por Eddy Montilla.

Vivir eternamente se antepone a cualquier otro deseo y, al ser humanamente imposible, nos contentamos con extender nuestra vida lo más posible. No resulta coincidencia, pues, que diferentes organizaciones internacionales, como la OCDE (países de Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), por ejemplo, presentan siempre sus clásicos rankings internacionales de esperanza de vida, la cual es calculada tomando como parámetro su antítesis: la muerte. Esto resulta normal, pero lo normal no siempre es lo correcto, sino lo lógico y lo lógico, a nuestro juicio, debería ser que se tomara en cuenta además de la muerte, la vida misma, dicho más claramente, en qué condiciones de vida y salud física y mental están viviendo esas personas longevas.

Sin mucho temor a equivocarnos en nuestra hipótesis, me imagino a aquellos encargados de hacer esas clasificaciones recibiendo datos de países y usando un ordenador desde la comodidad de su oficina. Luego, nos dirán, por ejemplo, que Japón continúa a la cabeza en ese renglón. Ahora bien, ¿han visto esos encargados cómo y dónde viven muchos de esos japoneses longevos? Es muy probable que no.

Pienso que usted no querría ni podría entrar en un hogar de ancianos o en un hospital en Japón. Tampoco le recomiendo la experiencia porque sencillamente el escenario es absolutamente deprimente: personas postradas sin poder moverse ni hablar y gimiendo constantemente por dolor. Pasan todo o casi todo el tiempo en una cama, muchos de ellos conectados a máquinas. Como ya perdieron su habilidad motriz, son “artificialmente alimentados” a través de un tubo con la cantidad perfecta de líquido nutricional (Racol) que les permitirá mantenerse con “vida” hasta por más de una década. Al principio, algunos familiares irán a verlos una vez por semana por una hora. Después de cansarse, una vez al mes (y por menos tiempo) y luego, cada tres o seis meses, una vez al año y hay quienes solo irán el día que reciban un eufemístico mensaje informándole que es mejor venir al hospital lo más pronto posible. Al final, en las exequias, luego del crematorio, habrá un banquete, comerán, beberán y alguien dirá: “El abuelo vivió largo tiempo”.

En términos matemáticos, la anterior expresión es cierta. En términos de vida real no tiene cabida, ya que esas personas están biológicamente vivas y funcionalmente muertas. La longevidad cuando se está casi en una fase casi vegetativa es absolutamente dudosa. Ahora bien, ¿por qué ocurre eso? La razón tiene poco que ver con ideas religiosas si tomamos en cuenta que en ese país asiático las personas rezan en promedio 20 segundos más o menos, generalmente en Año Nuevo. Entonces, en su mundo práctico, lo que importa es aferrarse a la vida y, por tanto, que esa persona siga respirando. A eso hay que añadir el papel importante que juegan los negocios, puesto que gracias a cada uno de los respiros de esos abuelos, se mueven millones de yenes al día de compañías relacionadas al cuidado de ellos.

Pienso que la situación de esos longevos en Japón es parecida a la de otros países desarrollados aunque sin duda en una proporción menor, lo cual nos indica que hay que cambiar de enfoque con respecto a esas clasificaciones sobre esperanza de vida para que se ajusten a la verdadera realidad. Que no sea la edad que tenía una persona al momento de morir lo que decida solamente, sino que hay que incluir también hasta qué edad pudo esa persona realizar una función productiva y, en el peor de los casos, hasta cuándo se pudo al menos mantener algún tipo de comunicación con esa persona. De lo contrario, tal vez sería mejor vivir los 70 años de vida alegre de esas personas en Latinoamérica, por citar un ejemplo, que esos 80 y tantos años de las personas de los países ricos de OCDE con los últimos 10 años mirando el techo blanco en un hospital u hogar de ancianos o mirando por la ventana la calle que los llevará algún día al cementerio.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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