Dime la respuesta: ¿qué debemos hacer cuando deseamos algo que no podemos tener?

3 octubre, 2017

Por Eddy Montilla

Sencillamente no pensar en ello.

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Frase del día: juventud, vejez y el tiempo

2 octubre, 2017

Por Eddy Montilla

Indecision

Los jóvenes viven una vida frenética y ajetreada, tratando de ganarle tiempo al tiempo porque son jóvenes. Las personas mayores, en cambio, viven en paz porque saben que, aunque ganen tiempo, a ellos les queda poco de eso que ganaron y prefieren, por tanto, usarlo cualitativamente.

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Curiosidades: ¿por qué cuando doblamos el dedo meñique se dobla también el anular, pero no sucede lo mismo al contrario?

1 octubre, 2017

Por Eddy Montilla

Pienso que lo más interesante de la curiosidad que les traigo hoy no es la respuesta en sí, sino la lección que se desprende de esta: vivimos dentro de nuestro cuerpo por muchos años, algunas personas hasta más de un siglo y, sin embargo, lo conocemos muy poco. Veamos: con la palma de tu mano abierta, dobla cada uno de tus dedos uno por uno, empezando por el dedo pulgar. Notarás que los demás dedos se mantienen en posición recta. Ahora, dobla el dedo meñique. ¿Qué ocurrió? El dedo anular también se dobló. ¿Por qué?

Los nervios son fibras compuestas de neuronas cuya función es transmitir los impulsos de sensaciones al cerebro o la médula espinal y de allí a órganos y músculos, permitiéndonos movernos, sentir, etc. Pues bien, los nervios inervan los dedos, dicho en forma más simple, llegan hasta los dedos transmitiendo estímulos nerviosos. En el caso del dedo meñique, dos nervios llegan hasta allí y uno de ellos, llamado nervio digital palmar se ramifica alcanzando ambos lados del espacio que existe entre los dedos anular y meñique. En resumen, estos dos dedos están conectados por un mismo nervio, lo cual explica por qué al mover el meñique se mueve el anular también.

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Del sueño a la libertad (Parte 1)

30 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

(Tomado del libro Historias reales que parecen cuentos).

Cuando era un niño, mi madre me dijo más de una vez que la diferencia entre un sueño y la realidad era solo un paso: hacia adelante o hacia atrás. En mis noches de silencio, junto a mi soledad, siempre me pregunto siempre en qué dirección habré yo dado el mío.

Hoy he recordado varias veces a mi madre. Ella no pudo terminar la escuela, pero le gusta leer mucho, preparar dulces y hablar de política. Pienso que por lo muy rico que hacía el segundo de sus gustos era que algunos filósofos e intelectuales de mi pueblo hacían sus tertulias los sábados al atardecer en el patio de nuestra pequeña casa. Un día, en una de sus consuetudinarias reuniones, uno de ellos empezó la conversación hablando sobre cuán simples eran los rosales de mi madre y como, por esa misma cualidad, se multiplicaban en belleza.

”¿Cuál es el mejor lugar para una flor?” Dijo, al mismo tiempo que se frotaba las manos con una cara similar a la de un animal carroñero.

Y sus respuestas fueron tan variadas como antagónicas: “Deshojada en la bañera”. Dijo uno. “Sobre una sábana blanca arriba de la cama”. Dijo otro. “¿Qué les parece en la cocina, haciendo el trabajo de una madre más llevadero o recibiendo a las visitas dentro de un florero de cristal en la sala?” Y así siguieron con su tormenta de ideas hasta que a uno se le ocurrió hacerle la misma pregunta a mi madre, me imagino que para saber cómo piensan los que nunca han oído sobre Nietzsche o Hegel y nunca han leído alguna obra de Oscar Wilde. Ella, que salía de la cocina en ese momento con sus dulces en la mano, le respondió rápida y naturalmente:

“Allí”, les dijo, mostrándoles la planta. “En el tallo donde nació”.

Esa tarde, sin mi madre entender el porqué, se vendieron pocos dulces, y con la misma naturalidad con que ella les dio su respuesta, así mismo se fueron yendo todos poco a poco de mi casa, igual que los escribas y fariseos en la historia de Jesús y la mujer adúltera: “empezando por los más viejos”. (CONTINUARÁ)

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La República Dominicana: sol brillante y políticos de cera

23 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Desde la década de los sesenta, la República Dominicana ha visto a muchas personas ordenando y gobernando, pero solo ha tenido tres líderes que se pueden llamar a la vez políticos. El primero forjó su carácter con una mezcla de bondad y endeblez. Ya en los últimos años de su vida, la política dominicana se había convertido en una jungla, y en la jungla, ni los buenos ni los débiles sobreviven: así murió José Francisco Peña Gómez. El segundo, fue un gran teórico y visionario, muy a la vanguardia de sus contemporáneos. Por eso, fue malentendido, menospreciado y hasta subestimado. Me refiero al profesor Juan Bosch. Y el tercero era el más pragmático de los tres, lo cual explica por qué excedió en poder a los otros dos. Pero el poder sin límites y en demasía termina corrompiendo hasta a los más incólumes. Eso sucedió con Joaquín Balaguer quien pasó de disfrazado servidor de dictador en la era de Trujillo a convertirse en dictador disfrazado.

Lo que resulta contrastante de estos tres políticos en comparación con la generación que los sucedió es el desapego por lo material que ellos tuvieron. Peña Gómez y Bosch podrían ser muy bien tildados de caudillos; Balaguer, de pichón de dictador, pero no creo que puedan ser juzgados como desfalcadores del erario para provecho económico personal. Hoy, cuando se escucha el clamor resonante del pueblo, hastiado de tanta corrupción ante la expresión sórdida de sus gobernantes, hay que preguntarse: ¿dónde se ha fallado? Cuando se ve a la gente inventando nuevas formas de protestas como el Libro Verde por el Fin de la Impunidad, la Marcha Verde y otras tantas que con otros colores seguro vendrán, hay que preguntarse: ¿por qué se ha fallado?

El más reciente de los males salidos de la caja de Pandora dominicana en términos de corrupción fue el caso Odebrecht, quizás el peor caso de corrupción internacional conocido hasta ahora entre los países latinoamericanos, no solamente por la magnitud del dinero y países involucrados, sino también por su modalidad: fiestas con mujeres para políticos como forma de agradecimiento y/o extorsión, según publica un diario español a raíz de las declaraciones ofrecidas por Rodrigo Tacla, exempleado de la compañía Odebrecht. Eso debe servir como parámetro para evaluar la generación de políticos actuales. Y que no vengan con el cuento de haber pecado por ingenuidad, pues, ¿por qué dejaría una compañía tan grande como Odebrecht su sede en Brasil para venir a instalarse en un país tan pequeño como la República Dominicana? ¿para mostrar sus lazos de hermandad? A los tontos con tonterías.

La economía dominicana ha sido floreciente por casi dos décadas y lo único que se ha conseguido con eso es “una floreciente millonada de personas viviendo en la pobreza”. La República Dominicana necesita urgentemente un cambio de generación de políticos, algo que obviamente no es tan fácil, porque los que tradicionalmente han dirigido el pueblo (desde el gobierno o fuera de este) no están dispuestos a ceder su cuota de poder por pequeña o grande que sea. Ellos son “los políticos electricistas” que conglutinan seguidores y perpetúan su autoridad mediante conexiones basadas en dádivas que quebrantan pestañas.

El país tiene que crear una nueva generación de políticos, educados y, sobre todo, libres de pobreza mental y económica para que no se repita la misma historia de siempre: que el oprimido de ayer, una vez tomadas las riendas del poder, se convierte en el opresor de mañana. Los dominicanos ya han dado un paso al frente con sus protestas contra esos políticos de cera causantes de tantos males al pueblo dominicano y que se derriten cuando les da el calor que emana de la palabra honradez. Ahora, hay que dar el segundo paso: nuevos políticos para nuevos tiempos.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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Frase del día: Educación

20 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Una buena educación es muy cara, pero puede cambiar tu vida. La ignorancia, en cambio, con apariencias de ser gratis, resulta más cara que la educación, pues al final se termina dentro de un túnel donde solo podemos ver la oscuridad.

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Cuando la pedagogía moderna no funciona en la educación de tus hijos…

19 septiembre, 2017

Por Eddy Montilla

Encontrar un buen método para educar a los niños siempre ha sido un dolor de cabeza y prioridad a la vez para los padres, y básicamente por dos razones: primero porque se quiere lo mejor para ellos y segundo porque trabajar y cuidarlos no es tarea fácil. Entonces, si la parte relacionada con su educación va bien, al menos se aligera la carga. De los pedagogos, sicólogos y otros expertos, siempre nos llegan algunas nuevas ideas sobre cómo educar a los hijos, algunas que nos están ayudando y otras que simplemente nos están envenenando. Y como el veneno es más fuerte que la ayuda ya ustedes saben a dónde llevar las flores.

¿Y cuál es el veneno? Estamos cayendo en una especie de debilitamiento emocional sobre cómo educar a los niños, especialmente en la casa. Mis padres tuvieron 7 hijos y los criaron con gran amor familiar, pero bajo las normas del respeto y autoridad. Pero el otro día, al preguntarle a una chica boliviana sobre su bebé, me respondió: “Ahí está, y es el primero y el único que voy a tener porque es… ¡demasiado trabajo criar a un niño!” No se formen juicios todavía, pues este ejemplo es solo un aperitivo, así que dejen espacio en su estómago para el plato fuerte:

Hace dos días me dice una madre en Japón que su hija no puede levantarse de la cama e ir a la escuela, pero que el problema no es su salud física. “Es una enfermedad que hay ahora y algunos niños no pueden levantarse para ir a la escuela”. Me dijo. Lo que puedo ver aquí es que la situación sobre la educación infantil se ha tornado crítica, pues el problema se ha vuelto internacional. Y su caso me hizo recordar a mi abuela, cuando supo que mi hermano mayor llevaba dos días de ausencia en la escuela porque no podía levantarse de la cama para ir a estudiar (usando el recurso literario de la ironía: cualquier parecido a esa “nueva enfermedad” es… ¡pura coincidencia!)

La solución de mi abuela para el problema de mi hermano fue tan simple y natural como la vida misma. Fue a nuestra habitación, yo cerré los ojos y sin usar otra cosa que sus manos, le dio a mi hermano un par de manotazos en las nalgas, la misma cantidad en el vientre y después le dijo: “como no puedes acostarte ahora ni boca arriba ni boca abajo, es seguro que vas a poder irte derecho a la escuela ahora mismo, mi querido Frank”. Esas cuatro manotadas no mataron a mi hermano, ni le dejaron cicatrices ni pusieron en peligro su vida. Solo hicieron una sola cosa: obligarlo a cumplir con su deber de niño, el deber de estudiar, y gracias a esto, ese niño, convertido hoy en un padre de familia, tiene un puesto gerencial en una empresa. Y como las historias se difunden rápidamente en los pueblos, cada vez que un niño no quería ir a la escuela, su madre le decía que iba a llevarlo donde la abuela de la esquina, con lo que el problema quedaba resuelto y el niño se iba directo a estudiar sin rechistar. Esas manotadas se hicieron célebres y ayudaron a muchos niños más en mi pueblo.

No estoy defendiendo el castigo corporal, pero sí defiendo la idea del castigo en otras posibles formas (sin ver la tele, sin postre, etc.) porque el castigo per se es vital para enseñarle al niño cómo afrontar la vida. El castigo lo aleja de las conductas indeseables, le enseña que se paga un precio por los errores y con esto, el niño aprende a crear mecanismos de prevención para no cometerlos. Y en el peor de los casos, un par de manotazos (¡más suaves que los de mi abuela!) no matan a nadie, pero sí ponen a un niño en el camino del entendimiento. Pero estas ideas están desfasadas, según los pedagogos del momento y no tienen cabida dentro de la educación infantil actual. ¡Bravo! ¿Y qué hemos conseguido con todo eso? Niños manipulando a sus padres, amenazándolos con llamar a la policía si son “tocados” (EE. UU.), niños que ni siquiera pueden ver la simple foto de un insecto en la portada de un cuaderno o en su libro de ciencias porque sienten repugnancia (Japón) y muchos otros casos más en otros países. Basados en un concepto malentendido y definido como “No queremos que nuestros hijos sufran lo que nosotros sufrimos antes”, los padres están haciendo un gran daño a sus hijos. Y en cuanto a nuestros pedagogos y educadores, hagamos honor a la verdad: con nuestra forma de educación infantil actual, lo único que estamos consiguiendo es una generación de niños mimados, mocosos y espiritualmente endebles para su desgracia y la de sus padres también.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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